Pero en aquel entonces, Talía había desaparecido y él estaba como loco buscándola. Su único foco era encontrarla. Al no dar con su paradero, se deprimió y pasó meses anestesiado de la realidad, olvidándose por completo del hundimiento del Grupo Blasco.
¿Qué culpa tenía él? Claro, no movió un dedo para ayudarlos, pero no fue quien orquestó la ruina económica de la familia.
—Lo que pase entre usted, Jovita y su madre me tiene sin el menor cuidado. Pero sobre el escándalo del Grupo Blasco, usted sabe mejor que nadie si tuvo o no algo que ver —sentenció Tomás.
La aparente sinceridad de Luciano lo desconcertó un poco. O realmente no tenía idea de lo que había sucedido o era el mejor actor de la historia, pues no lograba encontrar ni un solo quiebre en su fachada.
Aun así, no iba a pecar de ingenuo. En el mundo de los negocios, todos eran unos malditos lobos disfrazados de ovejas. No iba a creer ciegamente que Luciano le estaba soltando la verdad solo por culpa de Talía.
Decidió dejarse de rodeos e ir directo al grano:
—En fin, no lo cité para hablar de los traumas de mi hermana. Vengo por el asunto de la Mansión Blasco. Sé que las escrituras están a su nombre. Póngale un precio. ¿Por cuánto dinero está dispuesto a devolvernos nuestra propiedad?
—¿Talía te lo contó? —preguntó Luciano.
Él solo se lo había dicho a ella, así que era obvio que había sido la fuente.
Pero... ¿por qué ella no acudió personalmente a arreglar el asunto?
—¿Qué más da quién me lo dijo? Estamos hablando de bienes raíces. No meta a mi hermana en esto.
El instinto protector de Tomás le advertía que debía mantener a Talía alejada de un tipo tan peligroso a como diera lugar.
Cuando ella se enamoró de Luciano, Tomás estaba estudiando una maestría en el extranjero, por lo que no conocía bien la magnitud del carácter del heredero Lara.

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