El viejo Encinas, lleno de energía, regañó a Augusto durante diez largos minutos antes de colgar.
Augusto quedó tan humillado que no pudo decir ni una sola palabra para defenderse.
En la mansión de los Villarreal.
La anciana de la familia escuchó por accidente la llamada y, al ver a su hijo ser regañado como si fuera un don nadie, bufó indignada.
—Ese viejo decrépito de la familia Encinas debe estar senil. Escuché por ahí que esa tal Nerea ni siquiera es hija biológica de Álvaro. Tratar a una bastarda como si fuera de la realeza... ¿Estará mal de la cabeza?
—¡Mamá! ¡Por favor, deja de hablar! ¡Ya estoy suficientemente estresado! —Augusto la miró con agotamiento y desesperación, viendo su rostro lleno de arrugas y resentimiento.
Doña Rosa sintió el rechazo de su hijo y estalló:
—¡Qué bonito, Augusto Villarreal! ¿Para quién crees que hago todo esto? ¡Porque me preocupo por ti! Malagradecido, ¿cómo te atreves a hablarle así a tu madre?
Augusto ya no sabía qué hacer con ella.
—Mamá, te lo ruego. Déjame solo.
A Doña Rosa le dio pena verlo así, pero no pudo evitar seguir quejándose:
—El viejo Encinas ya está jubilado. ¿Por qué le tienes tanto miedo? Te regaña y tú ni siquiera sabes defenderte. ¿Para qué tienes boca? Ah, pero conmigo sí te desquitas.
Augusto se frotó las sienes e intentó explicarle con paciencia:
—Estará jubilado, pero sus contactos siguen vigentes.
—¿Y de verdad crees que usaría sus influencias por una bastarda que ni siquiera lleva su sangre? —se burló Doña Rosa—. No te lo crees ni tú.
—Lo crea o no, tengo que mostrarle respeto.
—¡Eso no significa que tengas que agachar la cabeza como un cobarde!
—Mamá, te seré sincero. Enzo Vaca me llamó antes, y no mencionó a Nerea ni una sola vez.
—¿Y si no la mencionó, entonces de qué te preocupas? —Doña Rosa no entendía nada.
Augusto negó con la cabeza y soltó una risa amarga. Era inútil intentar explicarle a ella; jamás lo entendería.
Precisamente el hecho de que no la mencionara era lo más aterrador de todo.
...
—Exacto, abuelo. Quédese tranquilo, no dejaré que Nere pase un mal rato.
El viejo Encinas miró a Leonardo a los ojos.
—Muchacho, confío en ti. Un verdadero hombre cumple su palabra.
—No se preocupe, abuelo. Soy un hombre de palabra.
Solo así el viejo Encinas desistió de llamar a sus antiguos hermanos de armas.
Después de cenar en la casa de los Encinas, Nerea y Leonardo regresaron a la mansión de los Rojas.
Nerea tenía su propia villa en Puerto Rosales, pero Doña Salomé pensaba que era muy solitario para ella vivir allí, y además Sofi quería jugar con Emilio.
Así que Nerea se quedó en la casa de los Rojas, aunque dormía en una habitación separada de la de Leonardo.
Leonardo se había quejado al respecto, pero Doña Salomé lo regañó, argumentando que debía cuidar la reputación de la joven.
A las 9:30 de la noche, Leonardo arrulló a Sofi, la arropó y cerró la puerta con cuidado.
Al regresar a su habitación, se dio un baño rápido en solo cinco minutos y, como si lo hubiera hecho mil veces, se escabulló por la ventana para entrar en el cuarto de Nerea.

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