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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1056

De repente, un timbre estridente cortó el silencio y los altavoces de la habitación estallaron en ruido.

Patricia se sobresaltó. Se levantó de un salto, abrió la puerta y salió corriendo hacia el pasillo.

Fue la primera alumna en llegar al exterior.

¡La academia estaba en llamas! El fuego había comenzado en la cocina y se extendía con rapidez.

Eran pasadas las 3 de la madrugada, la hora en que el sueño es más profundo. El guardia de la sala de monitores se había quedado dormido en su silla.

Por eso nadie notó el inicio del incendio. Además, el fuerte viento de la montaña avivó las llamas, amenazando con devorar todo el complejo.

Muchos estudiantes que dormían profundamente quedaron atrapados entre el fuego, esperando desesperados a ser rescatados.

Gritos, llantos y un caos absoluto llenaron la noche.

No tardaron en llegar los bomberos y la policía.

Y muy pronto, atraparon a la culpable de haber iniciado el fuego.

¡Era Laura!

Patricia abrió los ojos de par en par, sin poder creerlo, sintiendo que el pánico le oprimía el pecho.

Hizo el ademán de correr hacia ella, pero Laura la miró fijamente y negó con la cabeza de forma disimulada. Movió los labios sin emitir sonido: "No vengas, por favor".

Durante esos dos meses, Laura había intentado de todo. Pero la seguridad del lugar era tan estricta que ni siquiera una mosca podía entrar sin ser revisada.

Le fue absolutamente imposible introducir una cámara o una grabadora.

Hasta que el día anterior, mientras limpiaba la cocina, vio algo que la dejó helada: estaban mezclando un polvo extraño en la comida de Patricia.

Sintió que la sangre se le congelaba y un sudor frío le recorrió la espalda.

Haciéndose la desentendida, se acercó y preguntó: —Dora, ¿eso son vitaminas?

Laura llevaba dos meses trabajando allí, siempre mostrándose amable y dispuesta a ayudar, por lo que se había ganado la confianza de las demás empleadas.

Especialmente la de Dora Paz, con quien compartía bastantes turnos.

Dora, que estaba revolviendo una olla de sopa, miró a ambos lados antes de responder: —¿De verdad crees que la Directora Mercedes es una santa haciendo caridad? ¿Vitaminas? Sigue soñando.

—Entonces, ¿qué es? —insistió Laura, tratando de mantener el temple.

Laura supo que no podía esperar un día más.

Esa misma tarde pidió permiso para ir a la ciudad.

Buscó a decenas de periodistas y les vendió la exclusiva de que una academia de la alta sociedad estaba torturando niños. Les dijo que a las tres y media de la madrugada les entregaría las pruebas.

Pero que tendrían que ir a buscarlas ellos mismos a las puertas de la instalación.

Sabía que no todos le creerían, así que lanzó la red lo más amplia posible. Con que fueran un par de reporteros, el escándalo estallaría.

Al regresar, echó somníferos en el termo de té del encargado de las cámaras.

Finalmente, simulando que se levantaba para ir al baño de madrugada, se coló en la cocina y prendió fuego a todo.

Solo armando un alboroto que sacudiera a todo Rosarito podría salvar a la niña.

Con el incendio fuera de control, la Directora Mercedes apenas tuvo tiempo de destruir los documentos comprometedores antes de que llegaran los bomberos.

Pero lo que no podría borrar jamás eran las cicatrices y los moretones en el cuerpo de Patricia.

Las marcas del abuso serían la evidencia definitiva.

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