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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1069

Silvio leyó el temor en sus ojos y le habló con la mayor de las paciencias: —Pati, por muchos libros y finanzas que estudies, nada te enseñará tanto como tomar las riendas de un proyecto real.

—Al ser tu primera vez al mando, no importa si no logras el éxito absoluto. Cometer errores al principio es de lo más normal. Lo que verdaderamente importa es que aprendas a terminar lo que empiezas. Ese será tu primer gran paso hacia la cima.

—Y si hay algo que te frustra o no entiendes, solo tienes que darte la vuelta y preguntarme. Papá siempre estará aquí para ti. No tengas miedo y confía en tu propio talento.

Los hombros de Patricia se relajaron, dejando escapar una sonrisa de alivio, y por primera vez desde que lo conoció, acortó la distancia y lo abrazó por iniciativa propia. —Gracias, papá.

Una inmensa ola de felicidad iluminó el rostro de Silvio. Le dio unas palmaditas cariñosas en la espalda. —Vamos con todo. Creo ciegamente en ti, y sé que mi brillante hija saldrá triunfante.

Mientras celebraban ese momento de conexión, un suave golpe en la puerta interrumpió la escena. Una empleada del hogar entró sosteniendo una bandeja con un remedio natural de hierbas de color oscuro.

Patricia se acercó para recibirla. —Señorita, la medicina del señor está lista —indicó la mujer con respeto.

—Déjela en mis manos. —Patricia tomó el cuenco humeante.

Cuando la empleada se retiró, Patricia caminó hacia el escritorio y puso la infusión frente a Silvio. —Es hora de tu medicina, papá.

Silvio le dio una mirada de disgusto a la bebida turbia y ni siquiera hizo el intento de agarrarla. —Está hirviendo. Dejaré que se enfríe.

Pero Patricia no iba a caer en sus trampas. Se cruzó de brazos y lo miró fijamente. —Está perfectamente tibia. Si dejas que se enfríe más, las propiedades curativas de las hierbas perderán todo su efecto.

Silvio odiaba con toda su alma el sabor amargo de esos remedios caseros. Solía bebérselos a medias y tiraba el resto a escondidas en una maceta, hasta que un día Patricia lo atrapó con las manos en la masa.

Desde ese vergonzoso incidente, ella se convertía en su sombra cada noche para asegurarse de que no dejara ni una sola gota.

Sintiéndose acorralado por la severa mirada de su hija, Silvio no tuvo más opción que arrugar la frente, taparse la nariz y beberse todo el asqueroso líquido de un solo trago.

Patricia, siempre un paso adelante, tomó un trozo de fruta confitada de un frasco en el escritorio y se lo ofreció para quitarle el mal sabor.

Solo cuando el dulzor tocó su lengua, Silvio volvió a respirar en paz.

Horas más tarde, cuando Patricia se había ido a dormir, Silvio se quedó completamente solo en la penumbra de su estudio, repasando una y otra vez sus recientes informes médicos.

Él había sido solo un joven humilde que tuvo que cruzar el océano hacia Estados Unidos para construir un imperio desde las cenizas, sin contactos ni apoyo de nadie. Había aguantado un infierno de sacrificios para llegar hasta donde estaba.

Durante esa década fue implacable. Creía que su juventud era un escudo invencible y que su cuerpo soportaría cualquier castigo. Solo quería hacerse rico a un ritmo desesperado para volver triunfante a Rosarito, pagarle todo a la familia Pacheco y, finalmente, atreverse a pedirle matrimonio a Elena.

Capítulo 1069 1

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