Era un completo novato al que nadie conocía. Probablemente necesitaba dinero con urgencia y era su primera vez en una pelea clandestina.
Como era de esperar, la cuota de pago por la victoria de Enrique se disparó hasta las nubes.
El atractivo principal del club de luchas clandestinas era la sangre y la brutalidad. Los combatientes subían sin protecciones, ni siquiera llevaban guantes. Peleaban a puño limpio, buscando destruir al oponente a golpes.
No había reglas. Lo único prohibido era matar al contrincante; fuera de eso, todo estaba permitido.
El cuadrilátero estaba bañado en sangre.
Siguiendo las instrucciones de Patricia, Enrique hizo un trabajo muy profesional "actuando" los primeros minutos de la pelea, para luego ejecutar un dramático y sufrido contraataque que mantuvo a la audiencia al borde de sus asientos.
Jayson perdió. Todo el lugar resonaba con insultos y maldiciones; la furia de los apostadores era palpable.
Enrique regresó a la oficina de Javier con el rostro lleno de magulladuras, pero los médicos del lugar ya lo esperaban y lo atendieron rápidamente.
Patricia, recostada en la silla ejecutiva con una sonrisa en los labios, dijo: —Ya te depositaron doscientos mil en tu cuenta. Cien mil son los beneficios de tu apuesta. De los otros cien mil, la mitad es tu pago por ganar el combate y la otra mitad es un bono especial de mi parte.
Enrique estaba sentado en el sofá y se limpió casualmente el hilo de sangre que asomaba por la comisura de sus labios. Su expresión no mostró la menor emoción, como si Patricia no hubiera hablado de doscientos mil, sino de veinte pesos.
Era una actitud totalmente opuesta a la de los otros guardaespaldas que también habían ganado las apuestas.
—¿Seguimos con el próximo asalto? —preguntó Patricia tamborileando los dedos sobre la mesa. Ya tenía todo un plan elaborado.
Enrique había ganado, pero aparentemente con mucha dificultad, por lo que los espectadores pensarían que estaba agotado. Si volvía a subir al ring, las apuestas en su contra seguirían siendo altísimas, y ella ganaría una verdadera fortuna.
—Entonces, ¿ya lo pensaste? ¿Subirás? —insistió Patricia con gran expectación.
Enrique respondió con indiferencia: —Me da igual.
De cualquier forma, le venía bien ganar más dinero en caso de cualquier emergencia.
Patricia asintió: —Entonces prepárate. Ya sabes las reglas: actúa un poco, no le ganes tan rápido; hay que tenerles un poco de respeto a nuestros queridos espectadores.
Él asintió.

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