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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1090

Lázaro, el mayordomo, escuchó y, comprendiendo la intención de Marisa Peñalosa, preguntó: «¿Entonces voy a recibirla?»

Marisa apagó el cigarrillo que tenía en la mano. «Ve, ve y recíbela como se debe».

...

Patricia Quiles esperó afuera de la puerta casi media hora hasta que Lázaro finalmente se dignó a aparecer.

Lázaro le pidió al guardia que abriera la puerta. Se acercó a Patricia y, secándose unas lágrimas fingidas por la emoción, exclamó: «Señorita Quiles, al fin ha vuelto».

¡Plaf!

Un sonido seco y nítido resonó en los oídos de todos.

El guardia miró atónito a Patricia, quien seguía sonriendo con dulzura después de haber dado la bofetada.

Lázaro la miró, incrédulo. «Señorita Quiles, ¿por qué me golpea sin motivo?»

Patricia tomó el pañuelo que le ofreció Enrique Rojas y comenzó a limpiarse lentamente sus dedos largos y de piel radiante. Con un tono perezoso, habló: «Uno: hacerme esperar bajo el sol abrasador por media hora. Tienes mucha audacia, Lázaro».

«Dos: el nuevo guardia no me conoce, lo que demuestra que no haces bien tu trabajo. Lázaro, ¿por qué en el puesto de seguridad no está mi información? ¿Qué pasa, acaso ya no soy la señorita de la familia Quiles?»

Al trabajar para una familia de la alta sociedad, el primer día de trabajo, el mayordomo debía repartir fotos de los miembros de la familia, así como sus gustos y prohibiciones, para que el personal los memorizara.

El puesto de seguridad también debía registrar toda la información de los dueños de la casa.

Patricia terminó de limpiarse los dedos, dobló el pañuelo y se lo devolvió a Enrique. «Solo me fui a recuperar mi salud, no me morí ni me fui para siempre. ¿Qué clase de mayordomo eres? ¿Ni siquiera puedes hacer bien algo tan pequeño? ¿Con qué cara sigues ocupando este puesto?»

Lázaro pensaba que, aunque Patricia hubiera regresado, después de pasar tantos años en el Centro de Reposo del Mar, seguramente sería una mujer temerosa, dócil y fácil de manipular.

Jamás esperó que, nada más llegar, ella señalara todos los errores en su trabajo.

Lázaro no tuvo más remedio que admitir su error, excusándose con que había estado demasiado ocupado y que fue un simple descuido.

Patricia soltó un bufido, dejando claro que no aceptaba esa excusa.

«¿Demasiado ocupado, un descuido? ¡Excusas! La verdad es que ya estás viejo, sin energía y eres incompetente para el cargo de mayordomo».

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