Además, acababan de firmar una intención de cooperación; había que mantener las apariencias. Si empezaban con conflictos, afectaría la colaboración futura. Así que aceptó a regañadientes.
Pero con la llegada de Isabel, la cosa cambiaba.
Desde el incidente del disparo, Nerea no iba a sentarse a comer en la misma mesa que Isabel bajo ninguna circunstancia. Era mejor evitar a esa clase de gente tóxica.
—De repente recordé que tengo un asunto pendiente, no podré acompañarlos a comer —dijo Nerea, y luego miró a Flora—. Flora, comemos en otra ocasión.
Flora entendió la indirecta al vuelo y bromeó:
—Si tú no vas, yo tampoco. No pienso ir sola a hacer mal tercio. Me retiro también, dejamos la comida para la próxima.
Nerea soltó la mano de Ulises.
—Cuando terminen de comer, que tu papá te lleve al hospital.
Isabel se sorprendió; pensó que Nerea se llevaría a Ulises con ella.
Ulises asintió: —Está bien. Mamá, maneja con cuidado. Cuando termines tus cosas ve a comer pronto, no te malpases. Yo regresaré en cuanto termine.
¿No se suponía que Ulises estaba muy apegado a Nerea últimamente? No parecía ser para tanto.
Isabel sintió un disgusto interno. Si fuera el Ulises de antes, tonto e ingenuo, fácil de comprar y engañar, no le importaría llevarlo a comer. Pero el Ulises actual era mucho más despabilado y difícil de manipular.
Flora y Nerea salieron de Grupo Vega y buscaron un restaurante cercano.
—¿Cuándo se divorcian? —preguntó Flora.
—En cuanto termine el periodo de reflexión, vamos por el acta. Faltan trece días.
—Esta vez no pasará nada raro, ¿verdad?
Nerea bromeó: —Múerdete la lengua.
Flora se dio unas palmaditas en la boca y fingió escupir: —Toco madera, toco madera.
Ambas rieron y pasaron a hablar de trabajo.
Mientras tanto, en un restaurante de lujo.
Ulises estaba sentado junto a Cristian, e Isabel frente a ellos.
Como Ulises solo tenía una mano funcional, comer le resultaba bastante complicado.
—Papá, yo también quiero cangrejo.
Cristian acababa de limpiar un cangrejo y estaba a punto de pasarle la carne a Isabel, pero se detuvo al escuchar a su hijo.
Isabel, por supuesto, no podía pelear por comida con un niño, así que sonrió: —Dáselo a Ulises.
Cristian puso el tazón con la carne de cangrejo frente a Ulises.
Luego, Cristian limpió otro cangrejo, con la intención de dárselo a Isabel.
Ulises vio esto y dijo: —Papá, quiero más.
—Este es para Isabel, espera a que te prepare otro.
Ulises miró fijamente a Isabel.
—Yo solo tengo una mano, soy un discapacitado, no puedo pelar cangrejos. ¿Podrías cederme esa carne?
Isabel casi se rompe los dientes de la rabia. El comentario de Ulises iba con toda la intención de señalarla. Ella podía pelar su propio cangrejo, no era manca.
Ese era el verdadero objetivo de Ulises al aceptar ir a comer.
—Conmigo.
—No quiero irme contigo —dijo Ulises mirando a Cristian a los ojos—. Quiero irme con mamá.
—Fue tu mamá quien renunció voluntariamente a tu custodia.
Ulises bajó la cabeza, murmurando con culpa y arrepentimiento:
—Seguro fue porque le dije que era una sirvienta y que quería que la amante fuera mi mamá. Le rompí el corazón. Fui un pequeño imbécil.
Cristian frunció el ceño mirando a Ulises; tenía la ligera sensación de que, con esas palabras, su hijo le estaba diciendo imbécil a él. Pero no tenía pruebas.
—Papá, ¿me dejas irme con mamá?
Cristian le acarició la cabeza.
—Convence a tu mamá primero y luego me preguntas.
—Está bien. —Ulises se levantó—. Ya no tengo hambre. Provecho, me regreso.
Ulises se fue sin más. Cristian no tuvo otra opción que enviarle un mensaje a Isabel y correr tras su hijo, que ya estaba en la puerta del restaurante.
Cuando Isabel salió del baño, padre e hijo ya no estaban. Del coraje, casi aplasta su celular.
De vuelta en el hospital, Ulises buscó a Nerea.
—Mamá, cuando te divorcies de papá, ¿puedo irme contigo?

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