Y él había creído ciegamente en esas mentiras, sin dudar jamás, sin siquiera intentar verificarlo.
Incluso había presionado a Nerea para que firmara el divorcio por culpa de Isabel.
Había permitido que la familia Echeverría le quitara a Nerea el salón reservado para el cumpleaños de Doña Belén.
Había permitido que la familia Echeverría comprara la villa junto a la mansión Galarza.
Sabía perfectamente que la anciana estaba delicada de salud y no debía recibir disgustos.
Sabía que los Echeverría compraron esa casa no para vivir, sino para molestar a los Galarza.
Lo sabía todo.
Pero como no amaba a Nerea, no le importó y fue capaz de todo.
Cuando ella cayó por las escaleras, él solo miró con frialdad, indiferente.
Cuando cayó al mar, él lo vio y no la salvó; incluso en el fondo deseaba que ocurriera un accidente y ella muriera.
Si ella moría, él podría casarse con Isabel.
La encerró en el centro de detención, obligándola a entregar sus acciones del Grupo Vega, sin importarle si vivía o moría.
Una tras otra, todas sus acciones.
No era de extrañar que Nerea lo odiara.
Nerea nunca había hecho nada malo, su único pecado fue amarlo.
Incluso ayudó a la familia Vega a superar crisis, le dio un hijo y cuidó del hogar.
¿Y él? ¿Qué había hecho?
Pasearse con Isabel por toda la ciudad, sin darle a su esposa ni una pizca de respeto.
Por culpa de Isabel, la había lastimado hasta dejarla en carne viva.
Por Isabel estaba dispuesto a todo.
¿Y para qué?
Cristian se sentó en su estudio, con un aspecto lamentable.
Se sentía patético y ridículo.
Isabel había jugado con él durante diez años con sus mentiras.
Nerea tenía razón al decir que estaba ciego.
¡Se lo merecía!
Cristian tomó la cajetilla, encendió un cigarro y dejó que el humo difuminara el profundo dolor en sus ojos.
Después de fumar tres cigarros seguidos, pareció tomar una decisión.
Tomó su celular y abrió el chat de Isabel.
[Isabel, terminamos.]
...
Cristian e Isabel tenían un pacto de tres reglas.
Una de ellas era: no mencionar la palabra «terminar» a la ligera, pues dañaba la relación.
Antes de esto, por muy enojado que estuviera Cristian, jamás había usado esa palabra; simplemente la ignoraba.
Por eso, cuando Isabel vio el mensaje, salió disparada del hospital, presa del pánico.
Sabía que Cristian hablaba en serio.
¡Cristian iba a romper con ella de verdad!
Cristian ya no la quería. Estaba a punto de perder su mayor respaldo, su mejor arma.
Un miedo inmenso, oscuro como la noche, se apoderó de ella.
¡No, eso no podía pasar!
Agarrada al metal helado, Isabel empezó a hablar del pasado entre sollozos.
—Cris, está nevando, ¿te acuerdas? La primera vez que fuimos a ver la nieve...
Cristian, con un cigarro en la mano, estaba de pie junto a la ventana del estudio. Su mirada era desoladora.
En ese instante, cada recuerdo que salía de la boca de Isabel se convertía en un puñal en su pecho.
Todas las memorias se volvieron en su contra, desgarrándolo.
Esto debía ser el karma.
Mientras tanto, en un auto de lujo estacionado no muy lejos.
Nerea, sentada en el asiento trasero, curvó los labios con una sonrisa. Disfrutaba enormemente el espectáculo frente a la villa.
Había aceptado que Flavia publicara el video y diera la entrevista solo para fastidiar a Cristian, ese patán.
No esperaba obtener una recompensa extra.
Isabel se había atrevido a hacerse pasar por la creadora del perfume.
Menos mal que ella había grabado esa pequeña inscripción en el fondo del frasco cuando lo mandó hacer, si no, no habría podido aplastar a Isabel tan fácilmente.
Valió la pena haber venido corriendo sin terminar de comer.
Solo para ver el show.
Nerea nunca fue una santa.
Si la abandonas, ella te abandona. Si la valoras, ella te valora.
Pero si la lastimas, te lo devolverá el doble.
Su paciencia anterior solo había sido una debilidad temporal.
Ahora, había llegado el momento.

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