Desesperada y con el corazón en la mano, se abrió paso entre la gente, persiguiendo a una figura alta que llevaba un paraguas negro.
Solo podía escuchar el sonido de su propio pecho, el corazón le latía a mil por hora. Su respiración se aceleró.
—¡Leo! —le gritó a la silueta—, ¡Leo!
Ignorando el dolor en las piernas, corrió a toda prisa hasta alcanzarlo y le agarró el brazo.
—Leo...
El miedo a la decepción hizo que su voz saliera apenas como un susurro, temblorosa y rota por la emoción. Se aferró a la mano del hombre con ambas manos, sin apartar la mirada de su ancha espalda ni por un segundo. Tenía pavor de que, si parpadeaba, él desapareciera de su vida y no lo volviera a encontrar.
El hombre del paraguas se dio la vuelta lentamente y bajó la vista hacia la mano que lo sujetaba. Al levantar el paraguas, su rostro quedó al descubierto. Llevaba cubrebocas y lentes oscuros.
—¿Se le ofrece algo, señorita?
Nerea palideció al instante. Soltó el agarre y dejó caer los brazos, sin fuerzas.
No... no era la voz de Leonardo. No era él.
—Lo siento, lo confundí con alguien más.
El hombre siguió su camino, pero Nerea se quedó petrificada, incapaz de dar un paso.
Los guardaespaldas la alcanzaron.
—Señorita Galarza.
Mirando la calle desconocida con ojos vacíos, murmuró:
—No era él.
***
Mientras tanto, en una finca en el extranjero.


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