Se escucharon unos toques en la puerta. Álvaro estaba afuera con un vaso de leche caliente.
—Papá.
—Tómate esta leche para que puedas dormir bien en la noche —dijo Álvaro, dejándole el vaso a la mano.
Nerea miró la leche y luego de reojo la cámara de seguridad en su computadora, dudando si decírselo a su padre.
Él pensó que estaba ocupada.
—Sigue en lo tuyo, no te interrumpo más. —Se dio la vuelta hacia la puerta.
Nerea, sosteniendo el vaso tibio, lo pensó unos segundos y finalmente lo detuvo.
Había hackeado las cámaras de seguridad del hospital para averiguar qué se traían entre manos la enfermera y Valentina, pero nunca imaginó encontrarse con una escena tan asfixiante.
A fin de cuentas, la abuela Encinas era la madre biológica de Álvaro. Él tenía derecho a saberlo y decidir qué hacer.
Al igual que él siempre había respetado las decisiones de ella.
—¿Pasa algo, Nere?
—Papá, ven a ver esto —dijo Nerea, levantándose con Florito en un brazo y el vaso en el otro, cediéndole el lugar.
Álvaro se acercó extrañado y se sentó. Fue entonces cuando notó que la pantalla de la computadora mostraba la cámara de seguridad de la habitación de su madre.
En el video, la enfermera estaba limpiando a la abuela con brusquedad. Y no solo eso, también le daba manotazos.
—¡Por qué pesas tanto! ¡Muévete un poco, muévete!
—¡Estos derrames cerebrales son una pesadilla! ¡Pareces un costal de papas!
—Y te lo advierto, no te vuelvas a ensuciar, porque si lo haces, no te voy a cambiar.
La anciana en el video balbuceaba. La enfermera apenas le prestó atención y, usando el mismo trapo con el que le había limpiado el cuerpo, le restregó la cara.
Álvaro golpeó el escritorio con el puño. —¡Qué coraje! ¡Esto es el colmo!
Ese era el misterio de los lazos de sangre. Aunque Álvaro estuviera resentido y no pudiera perdonar a su madre por lo que había hecho en el pasado, ver que alguien la maltrataba de esa manera hacía que le hirviera la sangre.


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