La policía no tardó en llegar a la habitación, y al ver a los oficiales, la enfermera por fin palideció.
Sin embargo, ella estaba segura de que la cámara estaba descompuesta.
Por eso se atrevía a maltratar a la anciana con tanto descaro, gritándole y dándole manotazos.
Además de robarse todo lo que la familia le traía.
Mientras ella lo negara todo y la familia no tuviera pruebas, ni siquiera la policía podría hacerle nada.
Empezó a armar un escándalo en pleno pasillo, tanto que los familiares de las otras habitaciones salieron a asomarse.
La gente empezó a murmurar, señalando a los hermanos Encinas.
—¿Saben por qué puede gritar todo lo que quiera y mi madre no se despierta? —preguntó Álvaro en voz alta—. Porque esta mujer la drogó con pastillas para dormir.
El corazón de la enfermera dio un vuelco, pero se defendió con el rostro desfigurado por la rabia: —¡Es mentira! ¡Me están difamando!
—Vean el video de las cámaras y juzguen ustedes mismos si estoy mintiendo.
Álvaro sacó su celular y le mostró las grabaciones a los presentes.
Con la evidencia frente a sus ojos, los curiosos se quedaron mudos.
La enfermera señaló a Álvaro, alterada. —¡Tú... de dónde sacaste ese video! ¡Si la cámara estaba descompuesta! ¡Eso es un montaje para arruinarme!
—¿Y qué ganaríamos nosotros con arruinarte? —respondió Felipe con frialdad—. ¿Nos interesan los tres pesos que tienes en el banco o tu terrenito de mala muerte?
Los hermanos Encinas, a pesar de su edad, seguían conservando un porte imponente y atractivo.
Llevaban ropa elegante, y era obvio que quien podía pagar una habitación VIP no tenía problemas de dinero.
Los demás familiares empezaron a lanzar insultos contra la enfermera.
Todos tenían a alguien enfermo en el hospital, y la idea de toparse con una mujer tan ruin les partía el alma, así que de inmediato se pusieron del lado de los hermanos Encinas.
La mujer no se atrevía a confesar; si lo hacía, estaba frita.
Siguió aferrada a que el video era falso y amenazó con demandarlos a los tres.


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