Para este momento, Valentina Encinas ya había llegado a los Estados Unidos.
Los archivos que había copiado de los despachos de Alexander y Felipe Encinas fueron enviados de inmediato al extranjero.
Esa filtración de información hizo que el esfuerzo de innumerables personas se esfumara y que el dinero de los inversores se fuera por la borda.
Mientras tanto, Valentina vivía a todo lujo en Estados Unidos, disfrutando del dinero que le había estafado a la abuela Encinas y de la jugosa recompensa por vender secretos de Estado.
—Mi amor, no te mentí, ¿verdad? Este país es mucho mejor. Mientras tengas dinero, eres de la alta sociedad y todos estarán a tu servicio —le susurró un hombre apuesto mientras la abrazaba y se movían de forma sugerente en la pista de baile.
Aquel hombre era un espía extranjero que había estado infiltrado en su país natal.
La conoció por casualidad en un bar mientras ella ahogaba sus penas en alcohol y, al enterarse de que era la hija adoptiva de la familia Encinas, no se separó de su lado.
Con infinita paciencia, la fue consolando hasta que terminaron en la misma cama.
A partir de ahí, el hombre la llenó de atenciones, mimos y palabras dulces.
Fue él quien le metió la idea en la cabeza.
Le sugirió que engañara a la abuela Encinas para quedarse con su fortuna y que robara los documentos confidenciales de Alexander y Felipe.
Esos documentos serían su prueba de lealtad para las autoridades extranjeras, a cambio de la ciudadanía estadounidense.
Bajo el lavado de cerebro de aquel hombre, Valentina pasó de ser una señorita de buena familia a una traidora a la patria.
En la pista, ambos se movían al mismo ritmo, prácticamente fundidos el uno con el otro.
Valentina estaba completamente embriagada por su nueva vida.
Qué bien se sentía tener dinero, ya no tenía que soportar las miradas ni los juicios de los Encinas. Ahora ella era una mujer rica, su propia dueña.
Ayer mismo, en cuanto el abogado Paco obtuvo el poder notarial de la anciana y los documentos de transferencia, movió cientos de millones directamente a la cuenta de Valentina.
Además, vendió a precio de remate todas las propiedades, acciones, fondos y locales comerciales a nombre de la abuela. Los compradores no tardaron en aparecer pagando al contado.
Incluso vendiéndolos a precio de regalo, la suma era exorbitante.
Exceptuando las acciones de la empresa familiar, todo lo demás fue liquidado antes del cierre de la bolsa.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio