Nerea no insistió ni se quedó haciendo guardia. Cuando le dijeron que Alejandra aseguraba no conocerla, simplemente dio las gracias y se marchó.
En el fondo, sabía que Alejandra no la recibiría, pero tenía que intentarlo. Y no hubo milagros.
De ahí, tomó un taxi al hospital para visitar a la abuela Cabrera.
La anciana se sorprendió mucho al verla entrar.
—Mi niña, ¿qué haces aquí? ¿Ya terminaron con los preparativos del funeral de la señora Encinas?
—La familia se está encargando de eso. Yo me quedé con el viejo Encinas estos días para asegurarme de que no le diera un ataque por el estrés. Por eso no había podido venir a visitarla.
—Yo ya estoy casi dada de alta, no hace falta que vengas todos los días —respondió la anciana, aunque su sonrisa la delataba, y de inmediato le hizo un gesto para que se acercara—. ¡Ven, siéntate! Acaban de traer unos postres, todavía están calientitos.
—Entonces prepararé un buen té para acompañarlos.
—¡Excelente idea! —asintió la abuela, que era una apasionada de la cultura del té.
Nerea se movía por la habitación como si fuera su propia casa.
Sacó el juego de té, enjuagó las hojas y preparó la infusión con movimientos precisos.
En cuestión de minutos, el delicado aroma del té inundó la habitación, complementando a la perfección el sabor dulce de los postres y creando una atmósfera de paz.
Después de la merienda, sabiendo que a la abuela le encantaban los juegos de mesa, Nerea sacó las cartas y jugaron una partida muy animada durante media hora, antes de llevarla a dar un paseo por los jardines del hospital.
Al regresar, le leyó un libro por otra media hora.
El tiempo voló, y sin darse cuenta, habían pasado dos horas.
Normalmente, a esa hora Nerea ya se habría despedido para dejar descansar a la anciana.
Pero esta vez, no se movió de su asiento.
Con tono sincero, le hizo una petición:
—Abuela Cabrera, ¿podría quedarme un rato más hoy? Me gustaría esperar aquí a Alejandra para preguntarle sobre el caso de mis tíos.
La anciana frunció el ceño con preocupación.
—Ay, mi niña, ella anda metidísima en su trabajo. Lleva días sin venir a verme.
Dicho esto, agarró su celular.
—Si quieres, le mando un mensaje a ver si va a pasar hoy.
Nerea la detuvo suavemente.
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