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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 807

En la mansión Quiles.

Después de más de diez años sin regresar, el guardia de seguridad no reconoció a Patricia y no les permitió el paso.

Patricia bajó del auto y Leonardo la siguió de cerca, cumpliendo obedientemente su papel de guardaespaldas al sostenerle el paraguas.

Llevaba un elegante vestido negro ceñido a la cintura que resaltaba su figura, un abrigo sobre los hombros y el cabello suelto con ligeras ondas. Con lentes de sol y unos labios de un rojo intenso, emanaba un aura de sofisticación.

A simple vista, era una mujer de la alta sociedad.

El guardia se acercó con una sonrisa, hizo una ligera reverencia y preguntó:

—Buenas tardes, señora. ¿A quién busca?

Los labios rojos se abrieron para pronunciar un nombre:

—Santiago Quiles.

El guardia respondió con respeto:

—Lo siento, señora, pero el señor Santiago no está recibiendo visitas por el momento.

—¿Visitas? —Patricia soltó una risita burlona y se quitó los lentes—. ¿Quién dijo que soy una visita? Ve a avisarle a Lázaro. Dile que Patricia ha vuelto y que salga a recibirme.

—¿Quién? —preguntó el guardia, que no había escuchado bien.

Leonardo intervino con voz gélida:

—Patricia Quiles. La señorita de la casa.

Cuando Lázaro recibió el aviso del guardia, no salió de inmediato. En su lugar, fue a buscar a la señora de la casa: Marisa Peñalosa.

Marisa estaba reunida con un abogado.

—¿Qué sucede, Lázaro? —preguntó ella.

El mayordomo se inclinó con respeto:

—Señora, el guardia dice que la señorita Patricia ha regresado. Está esperando en la entrada y pide que vaya a recibirla.

Un destello de sorpresa cruzó la mirada de Marisa.

—¿Cómo es posible? ¿No estaba en ese hospital psiquiátrico?

—Acabo de llamar a la clínica en Tailandia para confirmarlo —explicó Lázaro—. Me informaron que la señorita fue dada de alta porque ya está curada.

—¿De verdad? —La sonrisa de Patricia se ensanchó y, sin previo aviso, levantó la mano y le cruzó la cara de una bofetada.

El sonido seco resonó en el aire, dejando a todos estupefactos.

Miraban a Patricia, que seguía sonriendo como si nada, como si fuera un monstruo.

Lázaro reprimió una sonrisa macabra en su interior. "¡Vuélvete loca! Entre más loca te pongas, mejor. Así la señora tendrá una excusa perfecta para mandarte de vuelta al manicomio".

Se arrodilló, fingiendo arrepentimiento.

—Perdóneme, señorita, pero no entiendo qué hice mal. ¿Por qué me golpea apenas llegar?

Patricia tomó el pañuelo que Leonardo le ofreció. Mientras se limpiaba la mano con lentitud, dijo con tono perezoso:

—Enrique, explícale en qué se equivocó.

Leonardo, asumiendo su rol de guardaespaldas a la perfección, miró al mayordomo con frialdad:

—Si sabías que la familia Quiles tiene una heredera llamada Patricia, ¿por qué no te aseguraste de que cada empleado de la casa conociera su rostro? ¿Por qué no estaban registrados sus datos en la caseta de seguridad? La señorita solo estaba fuera por motivos de salud, no estaba muerta ni desterrada para siempre. ¿Qué clase de mayordomo eres que no puedes encargarte de un detalle tan básico? ¿Y todavía tienes el descaro de preguntar en qué te equivocaste? Si no tienes ni una pizca de sentido común, ¿para qué sigues en el puesto?

Lázaro había asumido que Patricia seguía siendo la misma niña inestable que hacía rabietas sin sentido de hace más de diez años.

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