En la mansión Quiles.
Después de más de diez años sin regresar, el guardia de seguridad no reconoció a Patricia y no les permitió el paso.
Patricia bajó del auto y Leonardo la siguió de cerca, cumpliendo obedientemente su papel de guardaespaldas al sostenerle el paraguas.
Llevaba un elegante vestido negro ceñido a la cintura que resaltaba su figura, un abrigo sobre los hombros y el cabello suelto con ligeras ondas. Con lentes de sol y unos labios de un rojo intenso, emanaba un aura de sofisticación.
A simple vista, era una mujer de la alta sociedad.
El guardia se acercó con una sonrisa, hizo una ligera reverencia y preguntó:
—Buenas tardes, señora. ¿A quién busca?
Los labios rojos se abrieron para pronunciar un nombre:
—Santiago Quiles.
El guardia respondió con respeto:
—Lo siento, señora, pero el señor Santiago no está recibiendo visitas por el momento.
—¿Visitas? —Patricia soltó una risita burlona y se quitó los lentes—. ¿Quién dijo que soy una visita? Ve a avisarle a Lázaro. Dile que Patricia ha vuelto y que salga a recibirme.
—¿Quién? —preguntó el guardia, que no había escuchado bien.
Leonardo intervino con voz gélida:
—Patricia Quiles. La señorita de la casa.
Cuando Lázaro recibió el aviso del guardia, no salió de inmediato. En su lugar, fue a buscar a la señora de la casa: Marisa Peñalosa.
Marisa estaba reunida con un abogado.
—¿Qué sucede, Lázaro? —preguntó ella.
El mayordomo se inclinó con respeto:
—Señora, el guardia dice que la señorita Patricia ha regresado. Está esperando en la entrada y pide que vaya a recibirla.
Un destello de sorpresa cruzó la mirada de Marisa.
—¿Cómo es posible? ¿No estaba en ese hospital psiquiátrico?
—Acabo de llamar a la clínica en Tailandia para confirmarlo —explicó Lázaro—. Me informaron que la señorita fue dada de alta porque ya está curada.

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