Observando a Marisol alejarse de la comisaría, Emilia se inclinó hacia Nerea y susurró: —El papel que recogí era un documento de cesión de bienes. La parte que transfiere es Chela Montes, y la beneficiaria es Marisol.
Nerea se sorprendió un poco. ¿Por qué de repente Chela le transferiría sus propiedades a su hija?
Tampoco era que fuera a desaparecer, a lo sumo pasaría unos años tras las rejas.
Pero, la verdad, los dramas de la familia de Chela le tenían sin cuidado. Lo único que le importaba era el progreso del caso y asegurarse de que esa mujer terminara en la cárcel.
Debido a que el caso involucraba a la familia de un militar condecorado por el país, las altas esferas se lo tomaron muy en serio. Sumado a la abundancia de pruebas contundentes, el proceso avanzaba a una velocidad impresionante.
Después de revisar el estado de la denuncia, salieron de la comisaría. Emilia miró de reojo a Nerea.
—Siento que vine de adorno. Ni siquiera tuvieron que usar mis servicios legales.
—¿Cómo que no? —Nerea sonrió y se aferró a su brazo—. Sin ti, no habríamos logrado espantar a Marisol tan fácilmente.
Emilia lo pensó un segundo y sonrió satisfecha. —Tienes razón. Vamos a dar una vuelta por el mercado del pueblo. Escuché que hoy hay feria y que se pone muy bueno.
—Ya es tarde, seguro todos los puestos ya recogieron.
—¡Ay, vamos! Ya estamos aquí, no perdemos nada con echar un vistazo.
...
Las buenas noticias viajan a pie, pero los chismes vuelan.
El día que Chela fue enviada formalmente a prisión, la noticia corrió como pólvora por todo el pueblo en cuestión de horas.
Los vecinos estaban tan felices que solo les faltó contratar mariachis y tirar pirotecnia para celebrar.
—¡Qué bendición! ¡Por fin encerraron a Chela!
—Dicen que le dieron varios años.
—Gracias a Dios, ya era hora de que le pusieran un alto a esa arpía. ¡Al fin el pueblo tendrá paz!
...
La charla fue una mezcla perfecta entre consejo amistoso y amenaza velada.
Y con el vivo y reciente ejemplo de Chela Montes en prisión, los parientes de sangre de Mateo sintieron verdadero terror.
Se apresuraron a intentar lavar su imagen.
—¡Comisario Arrieta, nosotros no somos como Chela! Desde la última vez ya aprendimos la lección y cambiamos para bien. Desde que volvimos al pueblo, nos hemos portado a la altura, sin hacer problemas.
—Así es, comisario. Ya le habíamos dicho que esa mujer fue la que nos metió ideas en la cabeza. Nos dejamos llevar por la codicia y sus cuentos chinos, pero fue un error tonto.
—Reconocemos profundamente nuestra falta y le juramos que jamás volverá a pasar. ¡Tiene que creernos!
El comisario sonrió, levantando una mano para calmarlos. —Tranquilos, no lo tomen a mal, yo les creo. Vine para informar a don Hipólito sobre el cierre del caso de Chela, y aproveché para pasar a saludarlos y darles un pequeño recordatorio. No vaya a ser que alguien les vuelva a endulzar el oído y cometan otra equivocación. En fin, eso es todo, ya pueden irse a sus casas. Yo pasaré a ver a don Hipólito.
El comisario fue a hacerle una visita de cortesía al anciano antes de marcharse.
Con todas las amenazas neutralizadas y el futuro de don Hipólito asegurado, Nerea y los demás también comenzaron a prepararse para su viaje de regreso.

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