Nunca imaginó que su guardaespaldas enumeraría sus negligencias laborales con tanta claridad y lógica.
A Lázaro no le quedó más remedio que tragar saliva y admitir su culpa.
—Lo lamento, señorita. He tenido mucho trabajo y fue un descuido de mi parte.
Leonardo resopló con desdén.
—¿Mucho trabajo y un descuido? En otras palabras, te falta energía y no eres competente. No estás capacitado para ser mayordomo.
Patricia asintió, dándole la razón.
—Tiene mucho sentido. Ahora mismo que vea a mi madrastra, se lo diré tal cual para que busque a alguien con mejor desempeño.
Lázaro se quedó pasmado.
¿Había escuchado bien?
¿La misma niña desquiciada que había intentado incendiar la casa hace más de diez años ahora llamaba "madrastra" a la señora con tanto respeto?
¿No solía gritarle "zorra, venenosa, amante"?
¿Acaso los años en el hospital psiquiátrico la habían dejado tonta?
¿O tantos medicamentos le habían borrado la memoria?
Antes de que pudiera procesarlo, Patricia volvió a subir a su discreto pero lujosísimo auto y entró a la propiedad, dejando a Lázaro atrás.
Mientras se tragaba el polvo y el humo del tubo de escape, el mayordomo no podía dejar de preguntarse de dónde había sacado Patricia un auto así.
Y más importante aún, ¿de dónde había sacado a ese guardaespaldas?
A juzgar por su ropa y su actitud, no parecía en absoluto alguien que hubiera estado encerrada en un hospital psiquiátrico.
En la sala de la mansión Quiles.
Antes de que Marisa pudiera pronunciar una palabra, los ojos de Patricia se llenaron de lágrimas. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.
—¡Ay, te extrañé muchísimo!
"Extrañé verte muerta", pensó Patricia mientras apretaba el abrazo, casi rompiéndole los huesos a Marisa.
El abogado dio un paso al frente para intervenir, pero Leonardo le apartó la mano de un manotazo.
—No toque a la señorita.
El hombre frunció el ceño y le advirtió a Patricia:
Patricia lo miró con evidente desagrado.
—Tiene la cara llena de arrugas y es muy feo. Daña la imagen de los Quiles. Si te da lástima echarlo, yo seré la mala del cuento.
La mirada de Patricia se volvió afilada como un cuchillo al clavarse en el hombre.
—Lázaro, estás despedido a partir de este momento. No te preocupes, mi madrastra es tan buena que te pagará hasta el último centavo de tu liquidación. Ahora vete, no nos contamines la vista.
Lázaro, atónito, miró a Marisa buscando ayuda.
—Señora...
Patricia enarcó una ceja y le gritó:
—¿Qué quieres? ¿Manipular a mi madrastra otra vez?
Luego, se giró hacia Marisa y le dijo con tono conciliador:
—A esta familia no le falta dinero. ¿Por qué no contratar a un mayordomo joven, guapo, con buen físico y que sepa hacer su trabajo? Hasta te alegrará el día verlo. Si pasas mucho tiempo viendo a un adefesio como Lázaro, se te pegará lo feo.
Lázaro se quedó mudo. ¿Adefesio?

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