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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 832

Nerea sonrió cálidamente.

—Muy bien. Muchas gracias por las flores.

Leonardo se mantenía en silencio al lado de Nerea, evaluando a José Márquez con la mirada.

Aunque su expediente no mencionaba que José también sintiera algo por su esposa...

El simple hecho de ver a otro hombre regalándole flores lo puso en alerta máxima.

José ya había notado a la pequeña Sofi y se disculpó con una sonrisa avergonzada.

—Lo lamento mucho, pequeña princesa. No sabía que estarías aquí, así que no te traje un regalo.

—No pasa nada, señor —respondió Sofi con dulzura, ofreciéndole un dulce—. Tome, se lo regalo. Gracias por darle flores bonitas a mi mamá.

—¿Mamá? —José miró a Nerea con sorpresa.

Nerea asintió.

—Es mi hija. —No ofreció más explicaciones, considerando que Sofi estaba presente.

Leonardo no se quedó atrás y añadió rápidamente:

—Y también mi hija.

José miró a Leonardo con diversión.

—Entendido, es tu hija. No te preocupes, no te voy a robar a tu hija, ni tampoco a tu esposa. ¿Podemos relajarnos un poco? Me estás mirando como si fuera un lobo a punto de atacar a las ovejas.

Dicho esto, José abrió los brazos, lo abrazó y le dio un par de palmadas en la espalda.

—Bienvenido de vuelta, hermano.

Leonardo y José se dirigieron a la otra habitación del hotel para la evaluación.

Nerea, por su parte, dejó a Sofi jugando un rato con sus juguetes y se dirigió a la cocina, dispuesta a preparar la comida ella misma.

—¡Mamá! —Sofi dejó los juguetes y corrió tras ella a la cocina—. ¡Yo sé cocinar! Déjame ayudarte.

Nerea se puso el delantal y se agachó para estar a la altura de la niña.

—A ver, ¿y qué sabe hacer mi niña hermosa?

—Yo sé preparar las verduras. Antes, cuando mi abuela cocinaba, yo le ayudaba a limpiarlas.

—¡Qué lista eres! —la elogió Nerea, sacando una bolsa de vegetales del refrigerador—. Entonces, te dejo estas verduras en tus manos expertas.

—A base de engaños, chantajes y manipulación emocional, ¿cómo más? Eres el tipo más astuto que conozco.

Leonardo lo miró desconcertado.

—¿¿Yo??

—¿No me crees? —José soltó una carcajada—. Primero, te volviste su salvador indispensable: la ayudaste a encontrar a su amiga desaparecida, rescataste a su hijo de un secuestro, y hasta me rogaste a mí que le diera terapia psicológica al niño, todo para ganarte su confianza plena.

»Luego, te inventaste el cuento de que estabas enamorado de otra mujer para que ella bajara la guardia. Con esa excusa, le pediste el favor de que fingiera ser tu novia y se hicieran pasar por pareja. Así lograste dos cosas: espantar a los demás pretendientes y tener una excusa perfecta para estar pegado a ella todo el tiempo. ¿Acaso no es la estrategia más descarada de la historia?

Los ojos de Leonardo brillaron con evidente orgullo y una sonrisa se dibujó en sus labios.

José chasqueó la lengua.

—Y todavía te atreves a sonreír.

—¿Y qué pasó después? —preguntó Leonardo, ansioso por más detalles.

—Después, viajaron juntos a Estados Unidos para una misión. Me enteré de que en el Palacio Presidencial de EE. UU. se besaron delante de todo el mundo. Además, anunciaron que estaban casados en secreto, y hasta durmieron en la misma habitación. Supongo que lo de hacerse pasar por marido y mujer era por el trabajo, pero oye, al menos ya hubo beso, eso fue un gran avance.

—¿Te enteraste? ¿Quién te lo contó?

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