Los guardias que Nerea Galarza había contratado anteriormente para Rocío y Emilia González eran precisamente de la empresa de Leonardo Rojas.
Por lo tanto, ella conocía al gerente de seguridad, Gerardo Pérez, y tenía sus datos de contacto.
Al iniciar la videollamada, Nerea saludó amablemente a Gerardo y luego enfocó la cámara hacia Leonardo, quien estaba a su lado.
Nerea le había puesto al tanto sobre Gerardo previamente.
Además, ya se habían saludado unos instantes antes.
Con total naturalidad, Leonardo le indicó a Gerardo: —Gerardo, necesito que asignes a cuatro de nuestros mejores elementos, dos hombres y dos mujeres, para que vengan a Rosarito de inmediato.
—Entendido, jefe —asintió Gerardo.
Una vez resuelto el asunto, Leonardo estaba a punto de terminar la llamada cuando Gerardo lo detuvo.
—Jefe, ¿va a asistir a la fiesta de fin de año de la empresa? —preguntó.
Leonardo pidió los detalles de fecha y lugar, y luego respondió: —Espera un momento, le preguntaré a mi esposa.
Gerardo se quedó sorprendido. ¿Su jefe estaba casado?
¿Cómo era que nadie sabía nada?
¿Y por qué no había repartido ningún tipo de obsequio ni celebración en la oficina?
No tenía sentido.
Al fin y al cabo, gran parte del equipo estaba conformado por sus antiguos compañeros de armas.
Mientras Gerardo trataba de procesar la noticia, Leonardo le preguntó a Nerea frente a la cámara:
—Amor, ¿vamos?
Gerardo: «¿¿¿???»
¿La esposa del jefe era la señorita Galarza?
¿No se suponía que eran buenos amigos?
¡Estaba claro!
¡En este mundo no existían las amistades puras entre hombres y mujeres!
¡Con razón!
¡La llamada la había hecho desde el celular de la señorita Galarza!
Ah, no, un momento.
Tenía que corregir eso, a partir de ahora debía llamarla «la patrona».
Leonardo, complacido con la actitud de Gerardo, añadió: —Para la fiesta de fin de año no escatimen en gastos. Lo importante es que sea algo elegante, animado y que todos se diviertan a lo grande. Además, organiza bastantes sorteos y dinámicas para el personal.
Gerardo entendió el mensaje a la perfección. Si la esposa del jefe iba a asistir, la fiesta tenía que estar a la altura de una boda espectacular: llena de vida y de gran prestigio.
Aceptó la orden con una sonrisa y se despidió.
Poco después de terminar la llamada, llegaron a la mansión Maldonado.
Sergio Maldonado era una de las figuras más poderosas en la industria del juego, poseía un inmenso imperio de casinos y gozaba de un estatus intocable en Rosarito.
Años atrás, cuando su esposa se enfermó, alguien le habló del renombre de Doña Belén de Galarza.
La invitó a Rosarito para que atendiera a su mujer, ofreciéndole una remuneración excepcional.
Como eran las vacaciones de verano, Doña Belén se llevó consigo a Nerea, tanto para enseñarle en la práctica como para que conociera el mundo y ganara experiencia.
Fue entonces cuando Nerea conoció a Sergio Maldonado.
Él no solo le enseñó a jugar cartas, sino que la llevó personalmente a recorrer los casinos durante todo un día e incluso quiso tomarla como su aprendiz.
No obstante, Doña Belén rechazó la propuesta con firmeza.
Al fin y al cabo, Nerea era la heredera a quien Doña Belén había preparado desde que era una niña.

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