Doña Belén escuchó la ternura con la que Leonardo le hablaba a Nerea y, en la oscuridad de la habitación, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Su corazón rebosaba de una profunda emoción.
Doña Belén dijo suavemente: —Leonardo, como su abuela, te agradezco lo mucho que cuidas a Nere. Me hace muy feliz.
—Nere es el amor de mi vida, cuidarla es mi deber. No tiene que agradecerme, abuela. Si alguien debe dar las gracias soy yo, por aceptarme en la familia.
Doña Salomé intervino: —Si de verdad quieres agradecerlo, trátala bien siempre. Ya pasen diez o veinte años, debes mantener esa devoción y amor por ella. Si alguna vez te atreves a ser un patán y lastimarla, te juro que, aunque esté muerta, saldré de mi tumba solo para darte una paliza.
Leonardo soltó una risa leve. —Tranquila, abuela, le aseguro que no le daré esa oportunidad.
...
Al día siguiente, las acciones de Grupo Quiles se desplomaron en la apertura del mercado. Su valor cayó en cientos de millones, y eso era solo el principio. A medida que el escándalo tomaba fuerza...
Las pérdidas se multiplicarían como una bola de nieve fuera de control.
Los directores y accionistas estaban furiosos con Marisa Peñalosa.
La secretaria de Marisa preguntó con evidente preocupación: —Jefa, Fabiola Quiles se está reuniendo con varios miembros de la junta. ¿No deberíamos hacer algo?
Fabiola era la hermana de Felipe Quiles, es decir, la cuñada de Marisa.
Marisa mantenía una postura relajada, como si tuviera todo bajo control. —No te preocupes. Lo importante ahora es firmar el contrato. Cuando aseguremos esta alianza, no les quedará de otra que callarse.
A esa gente solo le importaba el dinero. Con un trato tan grande en la bolsa, las ganancias estaban garantizadas.
Con un poco de marketing, los inversores verían la rentabilidad, y las acciones de la compañía volverían a subir.
Para entonces, esos mismos directores regresarían a ella, moviendo la cola como perros obedientes.
Marisa esbozó una sonrisa de suficiencia. Ya ansiaba ver sus caras de hipocresía.
Seguramente se habían retrasado por un imprevisto. Había que esperar.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe.
El jefe de la sucursal de Grupo Rojas entró. —Señora Peñalosa, mis disculpas. Lamentablemente, la colaboración entre nuestras empresas tendrá que quedar para otra ocasión.
Marisa se quedó helada por unos segundos, pero rápidamente se recompuso, ocultando su enfado detrás de una sonrisa diplomática. —Jefe, nos conocemos desde hace tiempo. Ya firmamos el acuerdo de intención y afinamos todos los detalles. Cancelarlo así de repente... no me parece muy profesional, ¿no cree?
El jefe alzó las manos en un gesto de impotencia. —Mire, señora Peñalosa, le seré franco. No soy yo quien cancela el trato. Nuestro presidente, el señor Rojas, llegó a Rosarito y él mismo vetó el proyecto.
Al escuchar eso, Marisa entendió de inmediato las implicaciones. —Jefe, en honor a nuestros años de amistad, ¿podría hacerme el favor de presentármelo? Hemos invertido muchísimo tiempo y recursos en este proyecto.
Considerando que tendría que seguir operando en Rosarito, al jefe no le costaba nada hacerle un pequeño favor.
Prometió preguntarle, pero dejó claro que no podía garantizar si su superior aceptaría recibirla.

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