Renata frunció el ceño con fuerza y le gritó con asco:
—¡Lárgate! ¡Aléjate de mí!
—Ah, tienes carácter —dijo el hombre, estirando una mano hacia ella.
¡Plaf!
Renata le soltó una bofetada.
—¡Te dije que te largaras!
—¡Maldita zorra, cómo te atreves a golpearme! —rugió el hombre, revelando su verdadera naturaleza violenta. La agarró por el cuello y la estrelló contra la pared.
Renata levantó la pierna para patearlo.
—¡Lárgate, suéltame!
—Maldita perra, encima te pones agresiva.
¡Plaf!
La pesada mano del hombre aterrizó con fuerza sobre su rostro.
La sangre brotó de la comisura de los labios de Renata; le zumbaban los oídos y sentía la cara ardiendo.
Renata pataleó y soltó puñetazos mientras gritaba desesperada:
—¡Suéltame! ¡Ayuda, me están matando!
—¡Para que aprendas a respetarme!
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! El hombre le propinó una lluvia de bofetadas.
El rostro de Renata quedó hinchado como un globo, rojo y amoratado; sus oídos pitaban tanto que parecía haberse quedado sorda.
Finalmente, los alaridos de Renata atrajeron a los oficiales.
—¡¿Qué está pasando aquí?! ¡Suéltense! ¡Quédense quietos!
El hombre de mediana edad se señaló la cara de inmediato.
—Oficial, esta mujercita me atacó primero. ¡Yo solo actué en defensa propia!
Renata, temblando de pies a cabeza, lo miró con odio.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio