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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 924

Nerea no se anduvo con rodeos y aceptó: —Qué detallazo de tu parte, no te lo voy a rechazar.

—Ah, oye, hermana —Patricia hizo una pausa y añadió—, uno de los paquetes es para Héctor Omar. ¿Podrías hacerme el favor de entregárselo? Mañana no podré ir a despedirlos al aeropuerto. Les deseo un excelente viaje.

Nerea asintió con una sonrisa: —Claro que sí. Y ya sabes, cuando tengas tiempo date una vuelta por Puerto San Martín.

...

Al día siguiente, Nerea y el resto del grupo partieron a bordo del jet privado de la familia Valente.

Tanto Patricia como la familia Maldonado y los propios Valente habían llenado el avión de cajas con regalos y productos locales. Menos mal que el jet era inmenso, de lo contrario, no habrían podido meter tantas cosas.

A las tres de la tarde, llegaron a la plaza principal del Pueblo de los Álamos.

Se acercaba el Año Nuevo, y muchos de los jóvenes del pueblo que trabajaban en la ciudad ya habían regresado, por lo que el ambiente era muy animado.

Como no había mucho que hacer por la tarde, muchos lugareños estaban en la plaza jugando cartas, tomando té, y echando chisme, disfrutando de un ambiente relajado y alegre.

Fue en ese momento cuando el convoy de Nerea, conformado por cinco camionetas de superlujo, se estacionó lentamente a la entrada del pueblo.

Los vecinos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y voltearon a mirar con suma curiosidad.

Los más viejos tal vez no sabían de autos, pero los jóvenes del pueblo sí que conocían del tema y de inmediato reconocieron que cualquiera de esos vehículos valía millones.

—¡A la madre, miren esos carrazos! ¡Para que vean, en nuestro pueblo también hay quien maneja esas naves!

—¿Quién falta por llegar al pueblo?

—¿Quién de nosotros se fue a hacer millonario a escondidas y no nos invitó al negocio?

—Uf, jamás pensé que vería autos así de cerca en mi vida.

Las puertas se abrieron y Nerea bajó junto con los demás.

Al verlos, los vecinos empezaron a murmurar entre ellos, dándose cuenta de que no eran del pueblo. —¿De quién serán parientes?

—¡Míos! —gritó Sofi, levantando su manita y sonriendo de oreja a oreja.

Durante el tiempo que Nerea la había cuidado, Sofi había ganado peso; estaba sanita, con sus cachetitos rosados y radiante. Por un momento, nadie la reconoció.

Los vecinos no dejaban de mirar a los Valente, totalmente estupefactos.

Aunque no sabían de qué marca era la ropa que llevaban, sí sabían lo que costaban sus autos; ellos tendrían que trabajar toda su vida para siquiera soñar con comprar uno.

Y al ver a Sofi, que en poco más de un mes se veía como una princesita de cuento, sana y resplandeciente...

Era más que evidente que los padres biológicos de Lucía eran personas de un nivel económico y de poder inalcanzable.

Nerea le aclaró a don Braulio: —Ya hicimos las pruebas de ADN correspondientes. Sofi es su nieta biológica, no hay duda alguna, don Braulio.

El anciano asintió frenéticamente: —Qué bueno, qué bueno.

Nerea continuó: —Don Braulio, le pido de favor que nos guíe; queremos ir primero a visitar la tumba de la madre de Sofi.

—Claro, claro, por aquí, síganme.

Los vecinos, alborotados, también se ofrecieron a ayudar en lo que pudieran.

Y así, el gran grupo comenzó a subir la montaña.

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