En el hospital.
Ximena Zapata y Elena Zapata tenían los rostros hinchados y enrojecidos, con evidentes moretones en los brazos y el cuerpo. En ese momento, una enfermera les estaba aplicando medicina.
—¡Ah... duele muchísimo! —Ximena soltó un quejido agudo, palideciendo.
No entendía por qué, si no tenía la piel abierta, el medicamento le ardía tanto, como si le estuvieran echando sal en la herida. Fulminó a la enfermera con la mirada.
—¡Hazlo con más cuidado! ¿Acaso no sabes hacer tu trabajo? ¡Si no sabes, que venga otra persona!
Elena también sentía un dolor insoportable, pero como nunca ocultaba su mal carácter, le dio un empujón directo a la enfermera.
—¿Lo estás haciendo a propósito? ¡Ten cuidado o te voy a demandar! ¡Haré que el hospital te despida!
La enfermera tropezó y tuvo que apoyarse apresuradamente en la pared para no caer. Tras recuperar el aliento, levantó la mirada hacia ambas, se contuvo y, maldiciéndolas por locas en su mente, decidió no rebajarse a su nivel. Terminó de aplicarles la pomada y se marchó de inmediato.
Ximena seguía adolorida. Sentía las mejillas en llamas y se retorcía en la cama, con lágrimas en los ojos.
—¡Duele demasiado! ¿Por qué me pasa esto? ¿Acaso me va a quedar la cara arruinada?
A pesar de su propio dolor, Elena intentó consolar a su hija.
—Debe ser el efecto de la medicina, ya pasará. Aguanta un poco. Esa maldita de Renata Yepes, de verdad nos atacó a matar...
Ximena apretó los dientes, llena de rabia.
—Renata Yepes... ¡Me las vas a pagar!
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Enrique Yáñez entró. Su expresión era fría y parecía estar de muy mal humor.
Ximena no lo notó y, con su habitual tono mimado, lo llamó:
—¡Enrique! ¿A dónde fuiste? ¿Por qué tardaste tanto en volver?
Al escucharla, Enrique se detuvo, invadido por una inexplicable frustración.
Hacía unos momentos había intentado llamar a Renata, pero no logró comunicarse con ella en absoluto... No sabía si simplemente no había visto las llamadas o si, directamente, no quería contestarle.
Pensar en esa última opción le dejaba un nudo en el pecho, una sensación asfixiante que no lo dejaba respirar con normalidad. No sabía cómo describir lo que sentía, pero le dejaba un sabor amargo.
—¡Enrique! ¡Enrique! ¿En qué estás pensando? Ni siquiera me estás escuchando... —Ximena lo llamó varias veces, y al no obtener respuesta, se mordió el labio haciéndose la víctima.
Enrique frunció el ceño, un poco irritado por la insistencia, pero aun así logró mantener la paciencia con ella.
—Lo siento, estaba pensando en unas cosas. ¿Qué sucede?
Ximena asumió que pensaba en asuntos de trabajo, por lo que no sospechó nada y señaló su rostro enrojecido.
—Me duele mucho la cara... No sé qué pasa, ¿podrías decirle al doctor que me revise de nuevo?
De verdad temía quedar desfigurada.
Enrique miró sus mejillas y, por alguna razón, la imagen de Renata cruzó su mente.
¿Por qué ahora...?
Al notar que el hombre se había paralizado, mirando fijamente en una dirección, Ximena siguió su mirada con confusión.
Cuando sus ojos se encontraron con el amuleto de seda tirado de cualquier forma, el pánico la invadió de inmediato y miró a Enrique con ansiedad.
Como era de esperarse, el semblante del hombre había cambiado por completo.
Ximena fulminó a Elena con la mirada. Le había pedido que se lo guardara, ¡y ella simplemente lo había arrojado ahí!
Elena también se dio cuenta del error y entró en pánico; ¡su rostro palideció de golpe!
Si Enrique descubría que le habían robado el mérito a otra persona, estarían acabadas...
—Enrique... —lo llamó Ximena, con la voz temblorosa por la culpa.
Con el rostro ensombrecido, Enrique guardó el teléfono, dio unas zancadas hasta la mesa de noche, se inclinó para tomar el amuleto de seda y limpió cuidadosamente el agua de la superficie.
—¿Por qué dejaste el amuleto aquí? Recuerdo que antes lo considerabas tu mayor tesoro.
Su tono era plano, indescifrable, pero a Ximena le recorrió un escalofrío por la espalda.
Fingiendo tranquilidad, intentó explicarse:
—Es que me estaban aplicando la medicina y lo dejé ahí un segundo. Justo iba a guardarlo antes de que entraras.

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