Pero en el fondo, sentía un vacío.
Sabía que ella seguía furiosa, por lo que era natural que estuviera fría, que rechazara estar con él o hablarle...
Pero, ¿por qué sentía esta incredulidad tan abrumadora?
¡La frustración de su propio rechazo superaba cualquier otra emoción, golpeándolo con más fuerza que nunca!
¡Era imposible ignorarlo!
Con el rostro tenso, Enrique regresó a su estudio. Frente a la desolada noche que se asomaba por la ventana, encendió un cigarrillo...
Por primera vez, comenzó a cuestionarse seriamente su relación con Renata.
Siendo honesto, al principio solo la estaba utilizando. Ella era un escudo perfecto para proteger su verdadera conexión con Ximena.
Por eso, la mayoría del tiempo la trataba con indiferencia y desdén...
Pero, poco a poco, su actitud hacia ella había ido cambiando...
'Debe ser culpa', pensó.
Después de todo, él no era de piedra. Durante estos tres años, ella lo había cuidado con devoción, cediendo a cada uno de sus caprichos...
Él lo disfrutaba.
Y se había acostumbrado a ello.
Por eso, ese repentino desprecio lo sacaba tanto de balance. No estaba acostumbrado.
Sí, era eso... falta de costumbre.
Enrique se convenció de esta idea, atribuyendo toda su irritación a ese simple hecho.
Le dio una última calada al cigarrillo y decidió que al día siguiente la consentiría un poco más. Si era necesario, se esforzaría para que dejara de aplicarle la ley del hielo.
...
Pero no se dio cuenta de algo crucial: si realmente fuera solo un problema de 'costumbre', podría haber contratado a una docena de asistentas para que lo atendieran con la misma docilidad que Renata.
...
Al día siguiente, con las primeras luces del alba.
Enrique regresó de correr temprano y miró su reloj.
Las siete.
A esa hora, Renata solía estar despertándose.
Tomó el ramo de rosas blancas que había comprado en la floristería y subió a buscarla a su habitación.
Dicen que a las mujeres les encanta recibir flores.
Y Renata no era la excepción.
Antes, cada vez que le regalaba flores, ella sonreía durante días enteros e incluso las secaba para conservar su belleza por más tiempo...
Así que, seguramente, esta vez también se alegraría...
Enrique llegó frente a la puerta, dio un toque suave y entró.
Pero se contuvo.
Tomó las flores con evidente desgano, las dejó a un lado y respondió con un tono glacial:
—Gracias. Me encantan.
Luego pasó por su lado, se dirigió a su tocador y eligió un labial para pintarse.
Enrique se quedó clavado en su sitio. Miró las flores abandonadas sobre la mesa y luego la observó a ella a través del espejo... La oscuridad en sus ojos se intensificó.
—¿Vas a salir? Te arreglaste mucho.
Caminó hasta quedar a sus espaldas. Sus manos grandes y masculinas se posaron con naturalidad sobre los hombros de ella. Su toque era cálido, y su mirada se clavó en su reflejo como un gancho afilado...
Enrique era un hombre de una elegancia imponente, y cuando miraba a una mujer de esa forma, resultaba increíblemente atractivo, casi con un toque perverso.
Y esas manos...
¡Sabía perfectamente el efecto que causaba!
Renata se sintió profundamente incómoda bajo su escrutinio. Sus hombros se tensaron, bajó la mirada y murmuró:
—¡Sí! Tengo trabajo que hacer, debo salir un rato.
En realidad no era trabajo; iba a acompañar a Mati al evento escolar para padres.
Enrique sujetó sus hombros para evitar que se moviera. Cuando su mirada recorrió el ligero rubor de sus mejillas, su nuez se movió en un trago seco y, como impulsado por una fuerza externa, soltó:
—Te acompaño.

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