—¿Te preocupaste? Enrique, me temo que eso no es lo que realmente piensas, ¿verdad? Viniste porque creías que te estaba siendo infiel y poniéndote los cuernos, ¿no es así?
Renata soltó una carcajada de pura rabia.
Se levantó de la cama, enfrentando con indignación la mirada lúgubre de él.
Sintió un frío en el alma como nunca antes.
Tres años. ¡Tres años enteros!
Ella se había entregado a él con toda la sinceridad, ¡y a cambio, no obtuvo ni el más mínimo rastro de respeto!
¡Él había pisoteado su dignidad frente a toda esta gente!
—Enrique, ¿me equivoco? ¿Acaso sientes, aunque sea un poco, de confianza hacia mí? —rio amargamente.
La mirada de Enrique parpadeó; en el fondo sentía remordimiento. Al verla enfurecida y dolida, en un par de segundos, ya no pudo soportarlo, sintiendo un sabor amargo en la boca.
Se había dejado llevar por el impulso...
Sus dedos, que colgaban a un costado, se movieron, queriendo tocar su mejilla: —Renata, yo...
—Enrique, ni se te ocurra tocarme...
Renata dio un paso atrás, esquivando su mano, sintiendo asco y repulsión.
Pero al desviar la vista y ver a Ximena parada al frente, tensa y pálida, observándolos fijamente, a Renata se le antojó jugar a algo diferente.
Bajó la cabeza y fingió secarse unas lágrimas, luciendo tan vulnerable como pudo, y dijo con voz entrecortada:
—Enrique, aquella noche me dijiste que lo del asunto de César ya había quedado atrás para nosotros. Yo te creí. Pero ahora, ¿qué estás haciendo?
Enrique se quedó sin palabras. Al ver a la mujer frente a él, llorando y quejándose por la injusticia, ¡su corazón tembló!
Esas lágrimas, parecía que no caían en las palmas de las manos de ella, sino directamente en su corazón.
Le temblaron los dedos, y extendió la mano queriendo tocarla: —Renata, perdóname, yo...
Renata le apartó la mano de un manotazo. Al notar que a Ximena se le enrojecían los ojos de la rabia, volvió a secarse las lágrimas y murmuró con tono frágil y acusador:
—Enrique, todo lo que me has pedido hacer, lo hago, incluso cuando no quiero. He estado tan ocupada que ni siquiera tengo tiempo de comer, ni de cuidarme a mí misma...
—¿Y tú? Tú solo sabes desconfiar de mí...
¡Esas palabras fueron como dagas directas al corazón de Enrique!
Enrique tratando a Renata con tanta dulzura...
Eso jamás había pasado antes...
¿Será que, después de tres años, realmente se había enamorado de ella y no quería perderla?
Ximena se mordió el labio, y los ojos se le pusieron cada vez más rojos del coraje.
Desvió la mirada a la fuerza y comenzó a escudriñar la habitación con rencor.
Hacía apenas un rato había visto con sus propios ojos cómo César y Renata entraban a esa habitación y no salían. Sin embargo, ahora solo estaba Renata. ¿Cómo era posible?
Ximena frunció el ceño mientras observaba, sin dejar de revisar cada rincón del cuarto.
Renata notó su escrutinio y su corazón se hundió. Temiendo que si se quedaban más tiempo allí podría pasar algo malo, empujó suavemente al hombre, se enderezó y dijo: —La lluvia ya paró, deberíamos irnos...
Antes de que pudiera terminar de hablar.
—¡Un momento! —la interrumpió Ximena de repente, con voz profunda, y caminó hacia la mesa de noche. De detrás del cenicero, recogió dos gemelos de obsidiana negra...
¡Eso a simple vista era un accesorio de hombre!

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