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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 140

Renata observó a los dos con verdadero gusto, esperando ver cómo reaccionaría Enrique con Ximena... ¿Acaso le daría un buen regaño? ¿O tal vez, para proteger la colaboración con Corporación Zapata, simplemente la destituiría de su cargo?

¡Qué emoción!

Sin embargo.

La expresión de Enrique fue indiferente, limitándose a decir: —La joven es algo caprichosa, espero que no te ofendas, Sofía.

Una protección más que descarada.

La mente de Renata quedó en blanco por un instante; y luego, al encontrarse con la sonrisa dibujada en los labios de Ximena, sintió como si le hubieran dado una fuerte bofetada, un ardor le quemaba las mejillas.

Sofía también se sorprendió. Jamás imaginó que Enrique mimara tanto a Ximena; incluso sabiendo que Ximena le había tendido una trampa a Renata, él no le dio mayor importancia.

Como mujer, no pudo evitar mirar a Renata con algo de lástima...

Renata entendió su mirada.

Sonrió con palidez, y el corazón se le heló.

Pero así era la realidad.

No había nada que pudiera hacer, la culpa era suya por haber seguido a un hombre así. Negó con la cabeza, consumida por la tristeza, y, sin desear quedarse más tiempo, le dijo a Sofía en voz baja: —Que este asunto quede hasta aquí. Sofía, guarde bien los gemelos. Como ya dejó de llover, me retiro.

Sofía no la detuvo y suspiró suavemente: —Ten cuidado en el camino.

Renata le dedicó una sonrisa de agradecimiento, miró de reojo hacia el balcón y se dio la vuelta para marcharse.

Enrique mantenía un semblante sombrío. Cuando ella pasó a su lado, levantó la mano intentando rozar sus dedos, un movimiento casi imperceptible...

Renata frunció el ceño, lo esquivó y salió corriendo del dormitorio.

Ximena se dio cuenta y la sonrisa en sus labios se congeló ligeramente.

Sofía también lo notó. Sonrió de forma sutil y soltó con ironía: —Qué cosa más extraña. El Sr. Yáñez viene corriendo a estas horas de la noche solo por este pequeño percance... aunque, si mal no recuerdo, la Gerente Yepes es tan solo una empleada del Sr. Yáñez...

Enrique apretó los labios. La luz del techo se reflejaba en los trazos perfectos de su perfil, proyectando una profunda sombra que no permitía descifrar sus pensamientos.

No dio explicaciones. Tras unos segundos, murmuró: —Disculpen la molestia. Ya es tarde, me retiro.

Sofía dudó por un momento, pero luego sonrió y extendió la mano, diciendo: —Pase usted...

Enrique echó a andar. Sus pasos eran rápidos, y su espalda recta desprendía un aura de inigualable distinción.

Y detrás de él.

Ximena parecía haber perdido el alma; la sonrisa había desaparecido por completo de su rostro.

Antes, cuando pasaban cosas como esta, ¡él siempre la defendía!

Y ahora...

Ximena se mordió el labio, envuelta en un mar de confusión. Se despidió rápidamente de Sofía y salió tras él.

Él no la amaba; en sus ojos, sus reproches no eran más que ataques de locura.

No quería parecer una mujer resentida.

Renata dejó escapar un suspiro y levantó la mirada con tranquilidad. Pero para su sorpresa, lo vio acercando la mano para tocarla, de una forma muy gentil... dándole la falsa sensación de estar tratando con algo sumamente preciado.

Renata se quedó atónita...

Al instante siguiente, la voz de Ximena sonó desde atrás: —Enrique, no te preocupes, yo puedo volver sola. No hace falta que me acompañes, es demasiada molestia.

Como si despertara de un sueño...

Los ojos de Renata temblaron, y se soltó bruscamente de la mano del hombre. No pudo evitar burlarse: —Ya es muy tarde, no es seguro que Ximena se vaya sola. Acompáñala, no vaya a ser que le pase algo malo. Yo puedo arreglármelas sola.

Dicho esto, se dio la vuelta y se fue. El viento gélido de la noche le golpeó el rostro al instante, clavándose como agujas y volviendo su corazón aún más desolado...

Al segundo siguiente, la cálida y enorme mano del hombre volvió a agarrar su muñeca.

Renata estaba furiosa, sin entender qué era lo que quería hacer, y retorció su muñeca tratando de soltarse.

—Enrique...

La expresión de Enrique se ensombreció; no respondió. Tiró de ella impidiéndole marcharse, revelando parte de su antebrazo blanco y musculoso, rebosante de fuerza.

Se giró hacia Ximena, que venía acercándose de frente, y le dijo: —De acuerdo, entonces no te acompañaré de regreso. Quédate aquí a esperar un momento, los guardaespaldas deberían llegar en unos diez minutos.

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