En la habitación del hospital.
El doctor le estaba aplicando una crema en el brazo a Ximena.
A pesar de que era apenas un raspón superficial, Ximena no paraba de temblar de dolor, y seguía preguntando llena de miedo: —Doctor, mi brazo es lo más importante que tengo, por favor dígame que no quedarán secuelas...
Enrique estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono. Cada uno de sus movimientos emanaba una elegancia y un aura de superioridad innegables. Al escuchar la respuesta al otro lado de la línea, respondió con un "gracias" en voz baja.
Se giró para mirar a Ximena con una mirada indescifrable, pero no pronunció palabra.
Mientras el doctor terminaba de vendarla, tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no rodar los ojos. ¡Ni un niño pequeño haría tanto drama por un raspón!
Sin embargo, al sentir la intimidante presencia de Enrique Yáñez, tragó saliva y respondió con paciencia: —No es nada grave. Solo necesita aplicar la crema un par de días y estará perfecta.
Solo entonces, Ximena pareció calmarse. Aún así, al ver la marca roja en su piel, sintió un profundo rencor en su interior.
Todo era culpa de Renata.
En ese instante, Pablo Cisneros entró en la habitación. Llevaba dos carpetas en la mano y su rostro delataba que traía noticias urgentes.
Ximena lo notó al instante, y su corazón empezó a latir con fuerza. Finalmente, el momento había llegado...
El doctor, captando la tensión en el aire, recogió sus cosas rápidamente y salió de la habitación con mucha discreción.
La puerta se cerró con un suave clic.
Enrique colgó el teléfono y clavó su mirada oscura en Pablo Cisneros. —¿Averiguaste algo?
El Secretario Cisneros asintió con semblante serio, pero antes de abrir la boca, lanzó una mirada de reojo a Ximena.
El rostro de Ximena se tensó levemente.
Enrique dijo con indiferencia: —No hay problema. Habla.
Pablo le entregó una de las carpetas. —Señor, nuestra investigación confirma que los bocetos de los diseños fueron modificados por otro diseñador bajo órdenes de Renata Yepes. Tenemos el historial de los chats como prueba, y el diseñador ya confesó...
Enrique bajó la mirada, con los ojos ensombrecidos. Tomó la carpeta y leyó cada palabra de los documentos. Su pecho se agitó, como si luchara por reprimir una ola de emociones encontradas. Tras un largo silencio, preguntó con voz ronca: —¿Son auténticas estas pruebas?
—Sí, señor —respondió Pablo—. Y sumando la confesión del hombre que atacó a la señorita Zapata, no cabe duda de que la señorita Yepes orquestó todo este escándalo.
...
Enrique apretó los labios hasta formar una fina línea y cerró la carpeta en absoluto silencio.
Ximena esbozó una pequeña sonrisa de triunfo sin que nadie la viera.
¡Pero eso no era suficiente!
¡Le daría el golpe final a Renata!
Sus ojos se llenaron de lágrimas, temblando como una frágil flor bajo la tormenta. —Enrique... ¿Por qué pasa esto? Yo nunca le hice nada malo a Renata... ¿Por qué se ensaña tanto conmigo?
Enrique la observó. La luz de la habitación proyectaba sombras marcadas sobre su perfil, dándole un aire severo, casi aterrador. Tras una pausa, le preguntó: —¿Qué quieres que haga?
—Quiero que nuestro departamento legal le envíe una carta de advertencia. Y quiero que organicemos una rueda de prensa mañana mismo, donde ella confiese públicamente y me pida perdón —respondió Ximena, mirándolo a los ojos con firmeza.


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