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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 166

A través de las palabras, casi podía imaginar la expresión petulante y arrogante de Ximena...

Renata parpadeó lentamente, y la mano con la que sostenía el teléfono se apretó con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, pero parecía no sentir ningún dolor.

Así que él había ido a hacerle compañía a Ximena, otra vez.

Después de un largo momento de silencio, Renata, pálida como un fantasma, soltó una carcajada amarga.

Se burlaba de sí misma por haber albergado aquella ridícula y patética esperanza.

En ese instante, una nueva notificación iluminó la pantalla.

Enrique: [Surgió un imprevisto que debo resolver. Come tú primero, no me esperes.]

Tan frío e indiferente como siempre.

Como si sus mensajes lo hubieran molestado o interrumpido.

Como si la estuviera reprendiendo por no saber ubicarse: él era un hombre tan ocupado e importante, y ella se atrevía a presionarlo para que asistiera a una simple cena de aniversario.

Renata leyó las líneas. Su rostro, antes pálido, se volvió completamente ceniciento por la humillación.

Tecleó una respuesta: [De acuerdo, lo entiendo. ¡Siga con su trabajo! ¡Lamento mucho haberlo molestado, señor Yáñez!]

El hombre no volvió a responder. A él no le importaba su enojo, ni mucho menos su humillación.

Renata apretó el teléfono, sintiendo cómo la última gota de amor que le quedaba moría definitivamente.

La puerta del reservado se abrió y un empleado preguntó con amabilidad: —Señorita, ¿desea que sirvamos la cena ahora?

Renata volvió a la realidad. Se pasó una mano por el rostro, tratando de recomponer su expresión para lucir lo más normal posible, y asintió: —Sí, pueden servir la cena.

—Enseguida.

En cuestión de minutos, los platos estaban en la mesa. Cada uno era un manjar exquisito.

Pero Renata no tenía ni una pizca de apetito.

Abrió una botella de vino tinto y bebió sorbo a sorbo, como si estuviera brindando en honor a todo lo que había sacrificado en los últimos tres años.

¡De ahora en adelante, su corazón jamás volvería a latir por Enrique Yáñez!

Una cálida lágrima, cristalina y dolorosa, se deslizó lentamente por el rabillo de su ojo...

Tras terminarse la copa, Renata dejó la botella sobre la mesa y le envió un último mensaje a Enrique:

[Recuerda abrir la caja de regalo que te dejé la última vez.]

Y sin importarle si él respondía o no, tomó sus cosas y se marchó.

¡Iba a alejarse de todo!

...

La noche era densa y oscura.

Enrique, vestido con un impecable abrigo negro que realzaba su aura majestuosa, salió del aeropuerto y subió a un elegante Bentley estacionado en la calle.

Esa misma mañana, había surgido un problema de máxima prioridad con un proyecto en una ciudad vecina, por lo que tuvo que viajar de urgencia para resolverlo. Entre una cosa y otra, el tiempo se le pasó volando.

Una vez en el auto, Enrique se recostó exhausto en el asiento de cuero, aflojándose la corbata con sus largos dedos. Se masajeó el puente de la nariz. Las luces tenues del interior del vehículo proyectaban sombras sobre sus facciones afiladas, dándole un aire enigmático e imponente.

Pablo, desde el asiento del copiloto, se giró para preguntarle: —Señor Yáñez, ¿a dónde nos dirigimos ahora? ¿A su residencia?

Enrique abrió los ojos, recordó algo y dijo: —Al Restaurante Cumbre Real.

Capítulo 166 1

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