Ximena observó toda la escena, y la sonrisa en su rostro se congeló en un instante...
¡Hoy se suponía que era su fiesta de bienvenida!
Se mordió el labio y miró de reojo al hombre a su lado.
Al notar que el entrecejo de Enrique estaba fruncido y que parecía no poder apartar la vista de Renata, su mal humor empeoró.
—Enrique, ¿qué tanto miras?
Le tiró de la manga del traje para llamar su atención.
Enrique parpadeó, ocultando la oscuridad de sus ojos, la miró y respondió con tono distante: —Nada, ¿por qué?
Mentiroso. Ximena contuvo el aliento, giró la cabeza con rabia y lo ignoró.
Y para su desgracia, Enrique tampoco insistió. Simplemente sonrió de manera vaga y le dio unas palmaditas en la cabeza.
No sabía si es que no se había dado cuenta de que estaba enojada, o si su mente estaba en otra parte...
Renata platicó con sus colegas un rato y luego se excusó para alejarse del bullicio, pues no quería incomodar a los demás con su presencia.
Caminó sola hacia la zona de postres, tomó una rebanada de pastel de chocolate y una bebida, y se sentó en una silla cerca de los inmensos ventanales de cristal.
Originalmente quería un pastel de fresa, pero ya no quedaban.
Justo cuando estaba dando el primer bocado.
Una sombra se proyectó frente a ella, seguida de una fragancia limpia y familiar que inundó sus sentidos. El hombre tomó asiento justo enfrente.
Enrique.
¿No se suponía que estaba acompañando a Ximena? Renata, desconcertada, soltó el tenedor y levantó la mirada para verlo.
Bajo la luz cálida, las facciones duras del hombre parecían haberse suavizado. Tenía que admitirlo, este hombre era increíblemente apuesto.
En el pasado, ella habría estado locamente obsesionada con él.
Pero ahora, la única sensación que le provocaba pensar en él y Ximena juntos era humillación y repulsión.
Renata bajó la mirada, apretó su tenedor y preguntó con frialdad: —¿Qué haces aquí?
Enrique sonrió, con una actitud que recordaba a una brisa primaveral, y deslizó un pastelito de fresa exclusivo hasta dejarlo frente a ella.
Habló con una voz cargada de ternura: —Vine a consentir a mi chica...
El corazón de Renata dio un salto. Al ver el exquisito pastelito de fresa, una oleada de recuerdos la invadió.
Le encantaban los postres de fresa.
Pero en todos esos años, él jamás se había molestado en comprarle uno.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE