El crepúsculo envolvía la ciudad.
El Bentley ingresó suavemente por los imponentes portones de Bahía Serena.
En el asiento del copiloto, Renata observaba el paisaje familiar con el corazón encogido de nostalgia. La última vez que había salido de allí, lo había hecho con el alma destrozada y sin esperanza. Y ahora, regresaba con el corazón lleno de ilusiones...
Era difícil describir todo lo que sentía, pero en el fondo, albergaba la secreta esperanza de construir un futuro brillante junto a Enrique.
El auto se detuvo en el área de estacionamiento de la mansión.
Renata bajó la cabeza y extendió la mano para soltar el cinturón de seguridad...
Pero las manos de Enrique se adelantaron. Lo desabrochó con destreza y, en el mismo movimiento, rodeó su delgada cintura para atraerla hacia él.
Renata alzó la mirada, sorprendida. Un intenso calor le subió por las mejillas y, en un acto reflejo, intentó detener sus manos. ¡Pablo Cisneros seguía en el asiento del conductor! ¿Cómo se atrevía a ser tan atrevido con público presente?
—Enrique... —murmuró, en tono de reproche.
Enrique bajó la vista hacia ella. Sus ojos oscuros tenían una profundidad hipnótica. Sin aflojar su agarre, sonrió con malicia.
—Tienes el tobillo lastimado, no es bueno que camines. Te llevaré en brazos.
En todos sus años juntos, jamás habían mostrado tanto afecto en público, y menos frente a los empleados. Sin atreverse a mirarlo a los ojos, Renata bajó la cabeza y apoyó las yemas de los dedos en su pecho, intentando mantener cierta distancia.
—Estoy bien, de verdad, puedo caminar...
Esa actitud tan tímida y esquiva le resultó más provocativa que cualquier gesto atrevido.
La mirada de Enrique se oscureció, completamente cautivado.
Tal vez era el puro instinto de conquista masculino, pero el hecho de tener a Renata de vuelta le proporcionaba una satisfacción inmensa.
La observó durante un segundo, le apartó con delicadeza un mechón de cabello de la mejilla y susurró con voz ronca:
—¿Por qué tanta vergüenza? Es normal que una pareja se abrace.
Renata se quedó de una pieza. Se mordió el labio inferior y, dándose por vencida, deslizó las manos desde sus hombros hasta rodearle el cuello, aceptando el gesto.
La sonrisa de Enrique se ensanchó. Abrió la puerta, la levantó en brazos sin el menor esfuerzo y caminó a zancadas hacia la entrada principal de la mansión.
La puerta del auto se cerró con un clic sordo...
Pablo exhaló profundamente en el asiento del conductor. Alzó la vista y miró a través de la ventana cómo la pareja se alejaba en la penumbra. A pesar de la oscuridad, la euforia que irradiaba la figura de su jefe era innegable.
Una alegría que, probablemente, ni el propio Enrique había notado aún.
Pablo sintió una mezcla de asombro y alivio.
...
El interior de la mansión resplandecía bajo la cálida iluminación.
Enrique entró a la sala principal cargando a Renata.
Inés estaba limpiando una mesa en ese momento. Al verlos entrar juntos y en una actitud tan íntima, los ojos se le iluminaron de pura sorpresa y alegría.
Dejó el trapo a un lado y corrió a recibirlos con una gran sonrisa.
—¡Señor Yáñez, señorita Renata! Qué alegría tenerlos de vuelta. ¿Tienen hambre? Iré a prepararles algo de cenar ahora mismo.
Renata se sintió un poco cohibida. Apretó los dedos contra la espalda firme del hombre y respondió en tono bajo:
—No es necesario, Inés. Ya es muy tarde, mejor ve a descansar a tu habitación...
Enrique le echó un vistazo de reojo, sabiendo perfectamente que la pobre se moría de vergüenza. Decidió no ponerla en una situación más incómoda y le indicó a la empleada:
—Hazle caso a Renata.
Luego, sin detener el paso, comenzó a subir las escaleras hacia el segundo piso.
—Sí, sí, claro... —Inés los miró alejarse con una sonrisa enorme. Verlos tan unidos la hacía inmensamente feliz. En cuanto desaparecieron por el pasillo de arriba, regresó a su habitación y llamó a Doña Elvira para compartirle las buenas noticias y alegrarle la noche.

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