Renata se mordió el labio inferior, presa del nerviosismo. Para ser honesta, en los tres años que llevaban juntos... ¡nunca se habían besado de verdad!
Al notar su vacilación, Enrique asumió que aún no estaba lista para abrirse por completo. No iba a forzarla. Se inclinó, depositó un suave beso en su coronilla y le susurró con voz ronca:
—Ya te apliqué el medicamento en la herida, así que mejor no te duches esta noche. Trata de dormir.
Renata parpadeó, sintiendo un leve remordimiento. En realidad, no tenía intención de rechazarlo.
Sin embargo, ante sus palabras, no supo cómo retractarse. Se recostó obedientemente en la cama, apoyando su suave mejilla en la almohada.
Pero al notar que él no se iba, sino que se sentaba al borde del colchón a su lado, los latidos de su corazón volvieron a acelerarse.
—Tú... ¿vas a dormir aquí esta noche? —preguntó tímidamente.
Enrique tomó un pañuelo de papel para limpiarse las manos de los restos de pomada. La miró desde arriba y esbozó una media sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿Quieres que me quede contigo?
El rostro de Renata volvió a encenderse.
Enrique se rió entre dientes, arrojó el pañuelo al basurero y decidió dejar de molestarla.
—Me quedaré hasta que te quedes dormida.
El pecho de Renata se apretó. Una ternura abrumadora la invadió... Palabras como esas, compañía como esa, jamás se las había ofrecido en el pasado.
Sumando eso a todo lo demás que había sucedido esa noche, realmente parecía el final de un cuento de hadas.
Renata lo contempló durante un largo rato, como si quisiera volcar todo su amor en esa sola mirada. Ya no dijo nada más. Cerró los ojos, y sus largas pestañas temblaron ligeramente...
El cansancio acumulado del día le pasó factura, y a los pocos minutos cayó en un sueño profundo.
Enrique se quedó allí sentado, custodiando su sueño. Su mirada profunda recorría cada facción del hermoso rostro de la chica.
La verdad es que aún tenía trabajo pendiente y no había planeado quedarse con ella. Pero, por algún motivo, algo lo ataba a ese lugar.
Quizás era el ambiente cálido e íntimo de la habitación. O, más probablemente, era lo deslumbrante que lucía Renata esa noche.
Los hombres eran criaturas visuales; en un momento así, era imposible no conmoverse.
Los ojos de Enrique se oscurecieron levemente.
En ese preciso instante...
El sonido del teléfono irrumpió en el silencio. Era una llamada de Pablo Cisneros.
Enrique echó un vistazo a la pantalla. Al ver que Renata fruncía levemente el ceño por el ruido, tomó el aparato y salió de prisa hacia el balcón. Deslizó la puerta de cristal tras de sí y, solo entonces, contestó:
—¿Qué ocurre?
Pablo no mencionó nada sobre la reunión del día siguiente con el Maestro Zamora. En lugar de eso, fue directo a un asunto mucho más urgente.
—Señor Yáñez, ya terminamos de investigar la situación en la comisaría. Efectivamente, como sospechábamos, fue César Zaldívar quien movió los hilos. Él fue a ver a la familia Bermúdez justo después de que usted se retirara.
Hubo una pausa cargada de tensión.
—Si la señorita Renata llega a enterarse de esto, me temo que... —Pablo dejó la frase en el aire, sabiendo que no necesitaba terminarla.
Enrique entrecerró los ojos. Su rostro se volvió gélido y sombrío.
—Mantengan este asunto en secreto. Que nadie diga una palabra.
—Entendido, señor.
—...



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