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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 235

Renata volvió a casa, se arregló y, al dar las siete de la noche, se dirigió al mismo restaurante de seis estrellas con vista al río de la última vez.

El reservado era el mismo.

Al entrar, Renata miró a su alrededor y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

El mesero se acercó y preguntó: —Señorita Yepes, ¿desea que sirvamos la cena ahora?

Renata negó con la cabeza, se sentó y respondió: —En un rato.

—De acuerdo, si necesita cualquier cosa, hágamelo saber.

El mesero se retiró.

Renata se quitó el abrigo y esperó en silencio a que Enrique llegara. Mantenía la espalda recta, elegante y serena, bajando la mirada de vez en cuando para revisar su reloj.

Pasó media hora, y él seguía sin aparecer.

¡Había llegado tarde otra vez!

Haciendo acopio de paciencia, Renata esperó diez minutos más, pero no había rastro de él. Lo llamó, pero nadie respondió.

Resignada, llamó a Pablo Cisneros para averiguar qué ocurría.

Pablo contestó, pero el ruido de fondo era bastante fuerte. Se movió a un lugar más tranquilo antes de decir con tono de disculpa: —Señorita Yepes, el señor Yáñez está un poco ocupado. Quizás no debería esperarlo...

Renata parpadeó lentamente.

Sabía perfectamente que Enrique estaba con Ximena en ese momento.

Apretó el teléfono y respondió con voz suave: —No pasa nada, lo esperaré hasta que termine.

Al escucharla, Pablo no supo qué más añadir.

Tras colgar, Renata miró la pantalla del teléfono y esbozó una sonrisa cargada de tristeza. Su corazón se estaba congelando pedazo a pedazo.

Mandó a pedir una botella de vino tinto y se sirvió una copa, saboreándola lentamente...

Así pasó otra media hora.

A las ocho y media, Enrique finalmente entró de prisa.

Abrió la puerta con el rostro ensombrecido, dejando escapar una evidente señal de irritación.

Renata sonrió levemente. Ya no tenía energía para fingir rechazo, así que tomó el regalo y lo abrió.

Era un collar de la última colección de una marca exclusiva, cuyo precio en la página oficial rondaba las siete cifras.

¡Un verdadero lujo!

Sin embargo, la mirada de Renata era sombría. No pudo evitar pensar en los veinte millones que él había gastado esa misma tarde en Ximena. Con ese dinero, podría haber comprado más de veinte collares como ese.

Respiró hondo, cerró la caja fingiendo entusiasmo, la dejó a un lado y, tras decir un par de frases dulces, fue directo al grano: —¿A dónde fuiste esta mañana?

Enrique se estaba sirviendo una copa de vino, disfrutando de la vista que le ofrecía la mujer frente a él. Al escuchar la pregunta, sus movimientos se detuvieron por una fracción de segundo.

Sin inmutarse, respondió: —Ya te lo dije, fui a la empresa.

Seguía mintiendo.

La sonrisa de Renata se congeló. —¿Y en la noche? ¿Qué tenías que hacer que estuviste tan ocupado todo el día?

Enrique hizo girar suavemente el vino en su copa con sus largos dedos y, sin pestañear, respondió:

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