Inés cerró la puerta, fue a cuidar a Renata, pensó en algo y murmuró desconcertada.
—¿Por qué el joven Enrique no ha venido a ver a la señorita Yepes?
Renata tuvo un sueño muy largo. Sudó muchísimo y, al despertar, todavía estaba aturdida recordando todo lo que había soñado.
Ese joven del sueño... ¿quién era en realidad?
¿Por qué su cuerpo había reaccionado de forma tan intensa?
Renata miraba el techo con desconcierto, su rostro pálido y frágil.
Fue el murmullo de Inés lo que la devolvió a la realidad: —¡Ay, no! ¿Por qué se están peleando ahora? Dios mío, ¿qué voy a hacer?
Las pestañas de Renata temblaron. Sus sentidos volvieron y escuchó el alboroto a lo lejos, como dos hombres enfrentándose.
Un pensamiento le hizo dar un vuelco al corazón. Giró la cabeza hacia Inés, que espiaba por el cristal de la puerta, y preguntó con voz ronca: —Inés, ¿qué está pasando afuera?
Al escucharla, Inés se acercó apresurada.
—¡Señorita Yepes, despertó!
Renata le tomó la mano, preocupada.
—¿Qué pasa afuera?
Inés suspiró y la ayudó a sentarse.
—El joven Enrique y su socio están discutiendo afuera. No sé por qué, pero la escena es aterradora. ¡Ni siquiera me atrevo a acercarme para separarlos!
A Renata le zumbaron los oídos y se bajó de la cama a toda prisa.
—¡Señorita, todavía no se recupera! No se levante, descanse un poco más —pidió Inés, angustiada.
Pero a Renata no le importó. Se puso las pantuflas y salió de la habitación.
La brisa acarició el pasillo. Ella solo llevaba una delgada bata de hospital que la hacía lucir aún más esbelta, como si el viento pudiera llevársela en cualquier momento.
Renata caminó hacia el final del corredor...
Poco a poco, la voz fría y profunda de un hombre se hizo clara.
—César Zaldívar, ¿te conmueve mucho tu propio esfuerzo por ser tan complaciente?


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