Cuando llegó a la casa de Isabel, ya estaba a punto de dar el mediodía.
Pasó primero por un mercadito del barrio, compró unas frutas frescas y algunos suplementos vitamínicos, y subió a tocar la puerta.
Matías, su sobrino, fue quien abrió. Al verla, su carita se iluminó: —¡Tía Renata!
Luego giró la cabeza hacia la cocina y gritó emocionado: —¡Mamá, ven! ¡Llegó la tía!
Isabel dejó el cuchillo sobre la tabla de picar y salió secándose las manos en el delantal. Su sonrisa era enorme: —¡Hermana! Qué gusto verte. Pásale, siéntate.
Aquel cálido recibimiento familiar
actuó como un bálsamo para el maltrecho corazón de Renata.
—¡Hola, hermosa! —saludó dejando las bolsas sobre la mesa. Se agachó para apretarle las mejillas a Mati, dispuesta a llenarlo de besos, pero se quedó paralizada al notar la palidez cadavérica de sus labios.
—Mati... ¿qué tienes, mi amor? Estás muy pálido. ¿Te sientes mal? Dímelo.
Preguntó, presa del pánico.
El niño sufría de una grave insuficiencia cardíaca. Había sido operado siendo muy pequeño, y su vida pendía de un hilo a la espera de un trasplante inminente. Cualquier síntoma era motivo de terror.
Mati, con sus grandes ojos inocentes, intentó restarle importancia: —No es nada, tía. Hace unos días hizo mucho frío y me dio una gripita, pero ya me siento mejor.
¿Una simple gripa?
Renata frunció el ceño, sus alarmas internas disparadas.
Esa palidez fantasmal y las ojeras hundidas no parecían obra de un resfriado común.
Acarició la cabellera del pequeño y le dijo con suavidad: —Ve a recostarte un ratito al sillón. Ahorita que terminemos de comer, te llevo a la clínica para que te revise el doctor, ¿sí?
El niño bajó la mirada y, aunque pareció dudar por un instante, asintió en silencio: —Sí, tía...
Satisfecha con la respuesta, Renata se dirigió a la cocina para ayudar a Isabel, dispuesta a interrogarla sobre la salud del niño.
Pero de pronto, desde el pasillo se escucharon los alaridos de Santiago, su cuñado, que claramente estaba ahogado en alcohol. —¡Déjenme en paz! ¡Yo no les he hecho nada! ¡No me sigan, hijos de perra, no me sigan!
—¡Tráiganme alcohol! ¡Quiero trago! ¡Isabel, pásame otra botella!
—...
El rostro de Renata se endureció de golpe y volteó hacia el cuarto.
Había asumido que Santiago estaría trabajando a esa hora. Pero, por lo visto, no solo no había ido a trabajar, sino que llevaba días tirado en la cama bebiendo.
¿Qué demonios estaba pasando?
Isabel cerró los ojos y murmuró una maldición por lo bajo. Sin otra opción, le pidió a Mati que le llevara la botella a su padre para evitar que armara un escándalo.
Luego, al ver la mirada inquisitiva de Renata, soltó un largo y cansado suspiro:
—Tu cuñado anda en algo raro. Lleva días encerrado en el cuarto chupando como loco. No sé qué mosca le picó, pero cada vez que se emborracha, empieza a gritar que lo están persiguiendo y quién sabe cuánta estupidez más... Ay, hermana, ya no sé qué hacer con él.
Renata apretó los labios con disgusto.
Isabel sacudió las manos, restándole importancia por puro hartazgo: —Ya, déjalo. Seguro se metió en otro problema de apuestas y los cobradores lo andan cazando.
El ceño de Renata se frunció aún más.
Tenía sentido. Santiago era un ludópata empedernido. No era la primera vez que gente peligrosa iba a patearles la puerta para exigir pagos.
La indignación la superó y estalló: —¡Isabel, por el amor de Dios, divórciate de él ya! Ese imbécil no te llega ni a los talones. ¡Te está arruinando la vida!
Una sombra de profunda tristeza cruzó el rostro de Isabel. Tras un pesado silencio, bajó la cabeza y continuó picando cebolla.
—Llevo veinte años aguantando, ya qué más da... Mejor cambiemos de tema. ¿Cómo estás tú? ¿Qué has hecho después del concurso? ¿Cómo van las cosas con Enrique?
Renata bufó frustrada. Siempre que tocaba el tema del divorcio, su hermana levantaba un muro de evasivas.
Aunque le hervía la sangre de impotencia, sabía que no podía forzarla a tomar una decisión tan radical de la noche a la mañana.
Resopló, tomó otro cuchillo para ayudarla a picar y respondió: —Pues ando buscando unos encargos de diseño para agarrar experiencia antes de entrar al estudio. Y en cuanto a Enrique...


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