Volviendo a la realidad,
bajó la mirada, apretó la toalla que llevaba en las manos y se acercó a él. "Aún es temprano. ¿Por qué no te vas a tu casa? Yo me encargo de explicarle a Mati mañana por la mañana".
Enrique Yáñez dejó el teléfono y levantó la vista hacia ella.
Acababa de salir de la ducha. Llevaba un camisón y el vapor le había dejado las mejillas sonrosadas, dándole un aire tierno e irresistible.
Por alguna razón, Enrique pensó en la gata blanca; cuando la bañaban, también se veía así de suave y adorable, provocando unas ganas inmensas de acariciarla.
Su nuez de Adán se movió de arriba abajo. La observó en silencio durante un largo rato, hasta que de pronto estiró la mano, la tomó por la muñeca y tiró de ella, haciéndola caer sentada sobre sus piernas.
"Enrique, ¿qué haces..."
Con el rostro encendido, Renata intentó soltarse, pero su fuerza no era rival para la de él.
Enrique apretó ligeramente el brazo alrededor de su cintura y la inmovilizó por completo.
Renata dejó escapar un pequeño gemido; el contacto la dejó sin fuerzas, incapaz de oponer resistencia.
Con una mirada profunda, Enrique no pudo contenerse y pegó sus labios a esa piel de porcelana que tanto había codiciado, murmurando con voz ronca: "Si me echas, ¿es porque tienes miedo de lo que pueda hacerte?"
Renata se mordió el labio, sintiendo que la clavícula le ardía. Con la cara hirviendo, intentó empujarlo. "No, es que hay mucha gente en la casa. Es incómodo y seguro no te vas a acostumbrar. Mejor... mejor vuelve a casa..."
Enrique soltó una leve risa, levantó la cabeza y, a modo de castigo, le pellizcó suavemente la mejilla. Era tan suave que no pudo evitar acariciarla un par de veces más.
"Me voy a acostumbrar. Esta noche me quedo aquí".
Renata se quedó sin aire. Finalmente, dándose por vencida, apartó la mirada. "Está bien, es solo que me siento incómoda. Vuelve a tu casa, ¿sí?"
Enrique soltó una carcajada. De pronto, se dejó caer hacia atrás sobre la cama, llevándosela con él, de modo que ella quedó recostada sobre su pecho.
Renata soltó un pequeño grito, muerta de vergüenza. Desesperada, se aferró a sus hombros para sostenerse. "¿Qué estás haciendo..."
Enrique no respondió. Con una mano en su cintura y la otra en la nuca, la atrajo hacia sí y comenzó a besarla en la frente, en las mejillas, recorriendo su rostro.
La besó hasta dejarla ruborizada y sin aliento. Solo entonces la soltó a medias, escondiendo el rostro en el hombro de ella con un suspiro. "Tranquila, si no quieres, no me pasaré de la raya. En un rato me doy un baño y me voy a dormir al sofá de la sala, no te asustes".
Mientras hablaba, le dio unas palmaditas consoladoras en los hombros, que aún temblaban ligeramente.
Renata sentía como si estuviera sumergida en miel; tenía el cuerpo completamente flojo.


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