—¡Sr. Yáñez, ¿se encuentra bien?! —exclamó Pablo Cisneros, presa del pánico. Se apresuró a agacharse para recoger los documentos esparcidos, mirándolo con evidente preocupación—. ¿Está bien? Su semblante no se ve muy bien...
Enrique Yáñez estaba pálido.
Apretó sus labios resecos, frunció el ceño con dolor y cerró los ojos para recuperarse antes de hablar con voz ronca: —Retírate.
Al ver esto, el Secretario Cisneros no hizo más preguntas y se retiró con los documentos.
El pasillo recuperó su silencio.
El arrepentimiento brotó en los ojos de Enrique. Apretó los puños con frustración y golpeó la pared con fuerza, murmurando una maldición.
Sus nudillos sangraron al instante, pero por mucho que doliera, no se comparaba con la agonía en su pecho.
Sí, ¡le dolía el alma!
¡Le dolía por Renata Yepes, y se arrepentía de todo lo que le había hecho!
Pensó:
Esa noche, escuchando sus duras palabras y soportando su rudeza, ¡ella debió haber sufrido muchísimo!
Pensó:
Esta mañana, al ver cómo Ximena Zapata usaba su nombre para arrebatarle su puesto principal, ¡ella debió haberlo odiado con toda su alma!
Pensó...
Enrique cerró los ojos, mortificado, y un brillo cristalino pareció parpadear en la comisura de sus ojos.
En ese momento, un grito furioso resonó a sus espaldas: —¡Enrique Yáñez!
Enrique frunció el ceño. Apenas se dio la vuelta, recibió un puñetazo certero que le hizo sangrar la comisura de la boca al instante.
Soltó un gemido sordo y retrocedió tambaleándose. Se apoyó en la pared para estabilizarse, se limpió la sangre con el pulgar y miró al recién llegado con el ceño fruncido. —César Zaldívar, ¿qué haces aquí?
Los ojos de César estaban helados, como si quisiera matarlo ahí mismo.
Había recibido una llamada del laboratorio informándole que el tratamiento de hipnosis había sido un éxito y tuvo que ausentarse para resolver un asunto. Pero al regresar, se encontró con este desastre.
¡La mujer que él había traído sana y salva, ahora estaba en un quirófano!
¿Cómo iba a aceptar eso?
—¡Enrique Yáñez, eres una bestia! ¡No mereces ni un gramo del amor que ella te dio! ¡No lo vales!
Con los ojos inyectados en sangre, César se acercó a grandes zancadas, lo agarró por el cuello de la camisa y le asestó otro brutal puñetazo en la mandíbula.
Pensar en todo lo que Renata había sufrido últimamente le revolvía el estómago. Y pensar que, en los tres años que él no estuvo, ella había vivido así... ¡Le rompía el corazón!
¡Enrique era una basura!
Las enfermeras que pasaban por ahí gritaron aterradas y corrieron a pedir ayuda.
Pero Enrique no se iba a quedar de brazos cruzados. Reaccionó rápido, esquivó el siguiente golpe de César y le devolvió un puñetazo.
—Si yo no lo valgo, ¿tú sí? Ella ni siquiera te mira, ¡así que olvídate de ella de una vez! ¡No te metas más en nuestros asuntos!

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