—Señor Yáñez, ¿qué hace aquí? Este lugar no es seguro, por favor, regrese.
El rostro de Enrique estaba mortalmente pálido. Ignoró la advertencia y fue directo al grano:
—¿Cómo va la búsqueda?
—Todavía no hemos encontrado nada, necesitamos más tiempo —respondió Pablo, pero luego dudó un instante y preguntó—: Señor, disculpe, ¿quién fue la víctima? ¿No logró rescatar a la señorita Zapata?
Mencionar aquello hizo que a Enrique se le cerrara la garganta. Cerró los ojos, se masajeó las sienes con fuerza y, tras unos largos segundos, confesó con voz ronca:
—Es Renata.
¿Renata?
Pablo se quedó paralizado por completo durante casi medio minuto, atónito.
—¿Cómo... cómo es posible...?
Con los ojos inyectados en sangre, Enrique no quiso dar explicaciones. Dio un paso hacia las ruinas.
—¿Qué áreas ya revisaron?
Pablo lo siguió con paso torpe. Quiso intentar disuadirlo, pero al ver su estado, desistió y se limitó a señalar.
—Hacia allá...
Trabajaron codo a codo buscando entre los escombros toda la tarde, hasta que la noche cayó y la visibilidad se volvió casi nula.
Al ver que su jefe seguía moviendo escombros quemados sin descanso, con las manos cortadas y sangrando de manera alarmante, Pablo no pudo evitar intervenir.
—Señor Yáñez, ya es muy tarde. Vaya a descansar, nosotros nos encargaremos de seguir buscando aquí.
Enrique negó con la cabeza y siguió escarbando entre las piedras calcinadas, como un autómata sin alma.
Pablo sintió un profundo pesar. Era evidente que su jefe se había dado cuenta de lo que sentía cuando ya era demasiado tarde.
Suspiró en silencio.
—Señor, si sigue así su cuerpo no aguantará. ¡Debe descansar, al menos para que le vendemos esas heridas en las manos!
Con cautela, se acercó e intentó detener la mano de Enrique que sostenía una barra de hierro.
Enrique iba a apartarlo instintivamente, pero al posar sus ojos en un lunar negro en la muñeca de Pablo, se quedó petrificado. De inmediato, agarró la muñeca de su secretario con una fuerza brutal.
Pablo, tomado por sorpresa, soltó un quejido de dolor y lo miró desconcertado.
—S-Señor, ¿qué sucede?
Enrique clavó la mirada en el lunar oscuro de su muñeca. Sus ojos se volvieron tan fríos y afilados como cuchillos, atravesándolo con sospecha.
Pablo sintió un escalofrío de terror ante esa mirada.
Enrique entrecerró los ojos y soltó una pregunta inesperada:
—Recuerdo que hace tiempo mencionaste que tenías un hermano gemelo, ¿verdad?
Pablo llevaba años trabajando a su lado. Enrique conocía perfectamente su lealtad; jamás se rebajaría a ser cómplice de Ximena.
¡Eso solo dejaba a una persona: su hermano gemelo!
Y todo cuadraba a la perfección.
Pablo estaba pegado a él casi todo el día, conocía cada detalle de sus movimientos y los de Renata. Si su hermano le hacía preguntas disimuladas, podría enterarse de todo sin levantar sospechas...
Pablo se quedó pasmado, sin entender a qué venía la pregunta. Pero al ver el rostro ensombrecido de su jefe, la comprensión lo golpeó de repente. Su corazón se hundió y palideció de golpe.
—Él no se atrevería...
Enrique soltó su muñeca y pronunció con voz glacial:

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