A la mañana siguiente.
Después de varios días de un clima terrible y gélido, el cielo por fin había amanecido despejado y el sol brillaba con fuerza.
Renata se arregló de forma sencilla, tomó su bolso y salió de la habitación.
Mientras bajaba las escaleras, notó que toda la casa estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el eco de sus propios pasos.
Renata no pudo evitar lanzar una rápida mirada hacia la puerta del estudio y luego a la recámara de Ximena.
No había ni el menor ruido.
Evidentemente, ya se habían marchado.
Los ojos de Renata perdieron su brillo. Soltó un suspiro resignado y aceleró el paso hacia la planta baja.
Así había sido Enrique durante los últimos tres años: nunca le avisaba qué iba a hacer, a dónde iba, ni cuándo volvería. Jamás la había tratado como a su pareja.
Simplemente porque no le importaba...
Pero a Ximena, ¿se atrevería a tratarla igual?
—¡Señorita, ya despertó! Le dejé el desayuno calientito en la cocina. ¿Se lo sirvo de una vez?
Inés, que estaba podando las plantas en el jardín interior de la planta baja, dejó sus tijeras al verla y se acercó a preguntar.
Renata jamás se desquitaría de su mal humor con los empleados de la casa. Se detuvo y le dedicó una sonrisa amable.
—No voy a desayunar hoy, Inés, gracias.
—Ay... ¿Pero no quiere que se lo ponga para llevar? Así puede comer algo en la oficina.
—No hace falta.
—Bueno, si usted lo dice... —Inés soltó un pequeño suspiro, pero de pronto recordó algo. Caminó hacia la sala y añadió: —¡Oh, por cierto, señorita! Antes de irse esta mañana, el señor mandó traer algo para usted. Mire...
El semblante de Renata se endureció. No quería saber absolutamente nada que tuviera que ver con Enrique, y mucho menos recibir regalos de consolación.
Se dirigió directamente al recibidor y tomó al azar unas llaves de auto del cajón.
Y, como quien no quiere la cosa, preguntó: —¿De qué humor estaba Enrique esta mañana?
Ella le había entregado la caja de regalo la noche anterior. Era obvio que ya había visto lo que había adentro.
Inés se detuvo, la miró y pareció pensar un momento.
Respondió: —Pues, igual que siempre, la verdad. Ni muy contento ni muy enojado. Desayunó con la señorita Ximena y se fueron los dos juntos... —Tras decir eso, siguió caminando hacia el sofá.
Renata se quedó pasmada un par de segundos, pero luego lo entendió todo.
Enrique sí había visto lo que había dentro de la caja.
Pero no le había importado en lo más mínimo.
Mientras lo hacía, murmuraba para sí misma:
—De verdad que el señor es el colmo. ¿Cómo espera arreglar las cosas mandando ropa cara en lugar de disculparse él mismo? Así, ninguna mujer lo va a perdonar... ay...
—El día que ella se canse y lo deje de verdad, se va a dar de topes contra la pared.
Todos los autos en el garaje de Enrique eran vehículos deportivos o de súper lujo, demasiado llamativos para el gusto de Renata.
Así que eligió un Phaeton, un auto elegante pero de bajo perfil, y se dirigió a la sede de la Exposición de Diseño.
En el camino, su teléfono comenzó a vibrar insistentemente en el asiento del copiloto.
Renata echó un vistazo a la pantalla.
Era una llamada de su hermana.
Contestó de inmediato, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, los sollozos desgarradores de su pequeño sobrino resonaron a través de la bocina.
—¡Tía Renata! Tienes que venir al hospital, ¡rápido! ¡Mi mamá tuvo un accidente...! Buáaa... ¡Está sangrando muchísimo...! ¡La acaban de meter a la sala de emergencias...!
La noticia cayó sobre Renata como un rayo en pleno día, dejándola completamente atónita.
¿Qué? Cariño, respira y dime qué pasó, ¿cómo está tu mamá?
Es que... un auto nos chocó cuando me traía a la escuela... había mucha sangre... —continuó el niño entre hipos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE