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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 65

Renata rompió el silencio con una voz firme y clara:

—Quiero diez millones.

La Sra. Yáñez detuvo su movimiento a medio levantar, y dejó escapar una risa incrédula.

—¿Qué dijiste?

Renata levantó la mirada y la sostuvo sin titubear, con una dignidad inquebrantable.

—Dije que quiero diez millones. Creo que, para la Sra. Yáñez, asegurar el futuro de Enrique y de la Corporación Yáñez vale muchísimo más que esa cantidad.

La Sra. Yáñez se quedó sin aire, enmudecida por la indignación.

No era que el dinero le doliera.

Era el golpe a su ego. Jamás imaginó que la chica que siempre había bajado la cabeza frente a ella, hoy se atreviera a pisotearla y amenazarla.

¡Era un insulto inaceptable!

Renata, sabiendo perfectamente que la mujer terminaría cediendo, le dedicó una sonrisa fría, se levantó y se dispuso a irse.

—¡Espera!

La Sra. Yáñez clavó la mirada en su espalda y apretó con fuerza la correa de su bolso.

—Te daré los diez millones. Pero la condición es que, durante estos quince días, debes mantener esto en absoluto secreto. No puedes dejar que Enrique descubra ni el más mínimo rastro de nuestro trato.

Renata detuvo sus pasos. Sentía que cada palabra que pronunciaba le pesaba en el alma.

Era como traicionarse a sí misma.

—...De acuerdo, acepto. Pero no olvide que mi paciencia durará exactamente quince días. Ni un minuto más.

Sin embargo, ¡si Enrique lo descubría por su cuenta, eso ya sería otra historia!

Porque en unos pocos días sería su tercer aniversario.

Ese día, él abriría la caja del regalo que ella le había preparado. Qué haría después de eso, era un misterio.

Tal vez seguiría ciego, creyendo que Ximena era una santa, y buscaría vengarse de ella. Pero para ese momento, ¡ella ya no soportaría ni un abuso más!

O tal vez, finalmente vería la verdadera cara de Ximena y correría a pedirle perdón, arrepentido, como había dicho Mateo Linares...

Pero sabía que esa posibilidad era prácticamente nula.

Renata respiró hondo y salió de la cafetería...

Tras su partida, la Sra. Yáñez seguía hirviendo de rabia. Sentada en su silla, olvidando por completo sus modales de alta sociedad, barrió una taza de café que se hizo añicos contra el piso.

Al final, su origen humilde salió a relucir: era una maleducada y su carácter era insoportable.

¡Nunca debió haber permitido que Enrique estuviera con ella! ¡Debió obligarlo a comprometerse con la heredera de la familia Shen desde el principio!

...

—Está bien, tengo que entrar a trabajar. Nos vemos al rato, te dejo.

Renata no le dio más importancia, colgó la llamada y enseguida borró el tema del anillo de su mente.

Toda su concentración estaba en pensar cómo solucionar el desastre que había causado Santiago,

en la familia Yáñez,

y en cómo sobreviviría a estos quince días...

En el fondo, sentía una opresión asfixiante y un dolor sordo.

Pero en el mundo de los adultos, simplemente no hay tiempo para tirarse a llorar.

Renata soltó un largo suspiro, se obligó a componer su expresión y siguió caminando hacia su auto.

Pero jamás imaginó lo que vería a continuación.

De repente, dos figuras familiares aparecieron en su campo de visión.

Salían de la puerta del hotel de enfrente.

La chica, con actitud cariñosa y delicada, caminaba pegada al hombre mientras le hablaba con coquetería.

Y el hombre, alto y apuesto, la escuchaba sin la más mínima señal de fastidio.

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