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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 81

La nuez de Adán de Enrique Yáñez se movió; con su mano grande sujetó la cintura de ella, que se revolvía inquieta, y le susurró al oído.

—No te muevas.

Renata sintió un cosquilleo en la oreja. Llena de vergüenza y enojo, pero sin atreverse a moverse, exclamó:

—¡Suéltame!

Al ver que se había quedado quieta, Enrique soltó una risa grave y, sin darse cuenta, su mano acarició un par de veces la cintura de la joven.

—Entonces, ven a casa conmigo.

¡Renata se puso roja de indignación!

¡Qué poco hombre!

Acababa de estar con Ximena y ahora venía a tocarla a ella...

Con un nudo en la garganta, Renata lo empujó. —Tengo que ir al hospital, déjame en paz.

Enrique dejó escapar un suspiro y, como si consolara a una niña, le acarició la cabeza.

—Necesitas descansar. ¿O de verdad quieres que sigamos perdiendo el tiempo aquí? A mí no me molesta en lo absoluto.

Renata se quedó sin palabras. Incapaz de soportar su actitud, bajó la cabeza para esquivar su toque, volvió a mirar por la ventana y no dijo nada más.

Enrique sonrió en silencio, sabiendo que ella había cedido.

Desde el asiento del conductor, Pablo Cisneros los observaba; le parecía que hacían una pareja perfecta, muy agradable a la vista.

Pero cuando su jefe estaba con Ximena, el ambiente no era igual.

Sonrió ligeramente y preguntó: —Señor Yáñez, ¿vamos a casa?

—Sí.

Enrique miró a Renata, que se mostraba tan terca como una mula, y en sus ojos asomó una indulgencia de la que ni él mismo era consciente...

Pero lo que él no sabía...

Era que la chica que estaba viendo, en ese momento tenía los ojos llenos de dolor y miraba perdidamente por la ventana...

...

Y el ambiente en otro lado era completamente distinto.

En el reservado del Club Éxtasis.

Ximena Zapata caminaba de un lado a otro con ansiedad, mirando a la puerta a cada rato.

Había escuchado claramente que los periodistas ya se habían ido, ¿por qué Enrique aún no entraba?

¿Acaso se había ido a acompañar a Renata?

Al pensarlo.

Ximena sintió un vacío en el pecho.

En ese momento, la puerta del reservado se abrió de golpe.

El corazón de Ximena dio un vuelco de alegría; levantó la cabeza de inmediato hacia la puerta y, con una mezcla de felicidad y reproche, gritó: —Enrique, ¿por qué tardaste tanto...?

No terminó la frase. Al ver el rostro frío y severo de la mujer que entraba, su expresión se congeló y se puso pálida.

—Se... Señora Yáñez...

La señora Yáñez llevaba un abrigo de piel marrón. Emanaba un aura de arrogancia y elegancia, ¡y la miraba con absoluto asco!

—...No me atrevería.

—Más te vale.

La señora Yáñez le lanzó una mirada fulminante y se fue.

La puerta se cerró lentamente, aislando el frío del pasillo.

Pero Ximena seguía sintiendo escalofríos en todo el cuerpo.

Con los dedos temblorosos, se tocó las mejillas hinchadas; su pecho subía y bajaba sin parar.

Estaba furiosa, llena de resentimiento.

Levantó la vista hacia la puerta, con los ojos inyectados en sangre, rebosantes de deseos de venganza.

Casi diez años de respeto, de cariño y de tratar de complacerla.

Y no había logrado que la señora Yáñez la mirara con dignidad ni una sola vez.

A los ojos de esa mujer, ella y su mamá no eran más que insectos miserables.

Siempre decía que no era digna, que esa cualquiera de Renata era mucho mejor que ella...

Ja, pues si así iban a ser las cosas.

¡Entonces se aferraría a su hijo a toda costa! Solo para matarla de coraje.

Ya verían.

¡Algún día, pisotearía a toda la familia Yáñez!

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