Comenzó la siguiente ronda de pujas.
Era un collar de diamantes rosas.
Precio de salida: tres millones.
A Renata le fascinaba la joyería con diamantes, en especial los rosas, así que levantó la paleta de inmediato.
—¡Cinco millones!
Enrique: —¡Seis millones!
Lo dijeron casi al unísono.
Renata frunció el ceño y levantó su número otra vez: —Siete millones.
A Enrique le sobraba el dinero y detestaba perder el tiempo en ese tipo de cosas, así que fue directo al grano: —Diez millones.
Diez millones...
Casi el triple del precio inicial.
Una cifra que ella no podía costear.
Una vez más, dejó escapar algo que realmente quería...
La mente de Renata se quedó en blanco por un segundo; miró atónita a las primeras filas. Viendo cómo Enrique derrochaba millones por su querida, los ojos se le llenaron de lágrimas.
En algún momento, no pudo evitar preguntarse si Enrique siquiera recordaba que a ella también le fascinaban los diamantes rosas.
La respuesta era más que evidente.
Las siguientes subastas no fueron la excepción. Si Ximena fijaba la mirada en algo más de un par de segundos, Enrique levantaba la paleta y se lo compraba sin dudarlo.
Renata se quedó con las manos vacías. La brillante luz del recinto caía sobre su rostro, revelando una palidez espectral...
—¡De haber sabido que vendría un magnate a consentir a su novia, me hubiera ahorrado la vuelta! —bromeó alguien.
—¡Ese hombre sí que trata como reina a su mujer!
En medio de todos esos comentarios llenos de envidia, Renata se levantó de golpe y abandonó la sala de subastas.
Caminó apresurada hasta salir del edificio.
La ráfaga de viento frío chocó contra su rostro.
Solo entonces sintió que volvía a respirar, como si el nudo en su pecho comenzara a aflojarse un poco.
Dejó escapar un par de suspiros, obligándose a no pensar en el trago amargo que acababa de pasar, y empezó a maquinar qué otro regalo podría comprarle a Mateo.
Justo cuando estaba por ir a dar una vuelta a la calle de las antigüedades.
El celular sonó en su bolso. Lo sacó y, al encender la pantalla, vio en las notificaciones más de una decena de mensajes de Enrique.
Ja, mientras consentía a Ximena a manos llenas, todavía tenía el descaro de mandarle mensajitos para cumplir.
¡Qué esfuerzo tan grande de su parte!
En la empresa.
Renata se topó con un poco de tráfico, así que al llegar, apenas tuvo tiempo de saludar a sus compañeros en el área común antes de correr a su oficina a preparar los documentos para la negociación.
Para su sorpresa, al abrir la puerta, encontró un montón de cajas de regalo apiladas sobre su escritorio.
¡Eran todos los artículos que Enrique había comprado en la subasta...!
Estaba la pintura de paisaje.
Y el collar de diamantes rosas.
Renata se quedó paralizada con la mano en el pomo de la puerta, sin dar crédito a lo que veía.
¿Acaso Enrique no había comprado todo eso para Ximena?
¿Por qué...?
El corazón de Renata dio un brinco. No era emoción ni alegría, era... puro desconcierto.
En ese preciso instante.
El celular le vibró un par de veces en la mano.
Lo desbloqueó y descubrió que los mensajes que Enrique le había mandado hace rato eran, en realidad, fotos de cada una de las piezas, preguntándole si le gustaban.
【¿Te gustan los regalos?】

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