Su cuerpo temblaba mientras se acurrucaba aterrada contra el pecho del hombre, sollozando en voz baja.
—Enrique...
Su llanto frágil y lleno de dolor hizo que la furia de Enrique estallara aún más, dándole otra patada brutal a Zacarías, que yacía en el suelo como un cerdo muerto.
—Dime, ¿cómo pasó esto? ¿Quién te trajo a esta reunión y luego te dejó sola aquí, a merced de Zacarías Zavala?
Ximena sollozó:
—Fue... Renata.
Enrique frunció el ceño al instante, con una mirada tan oscura que presagiaba una tormenta inminente.
Sí.
La estaba culpando. Sospechaba que ella había tramado todo para hacerle daño a su tesoro.
Renata, de pie en la puerta, observaba la escena y parpadeó suavemente.
No pudo evitar recordar, de forma inoportuna, la actitud de Enrique cuando Zacarías la había acosado repetidamente en el pasado.
Total indiferencia.
Nunca supo si de verdad no se había dado cuenta o si simplemente lo ignoraba.
De cualquier forma... jamás había movido un dedo por ella.
Enrique la miró al escucharla llegar, con un rostro tan gélido y aterrador que parecía un demonio sediento de sangre.
La mirada de Renata vaciló, su corazón pareció detenerse por un segundo; sintió como si le clavaran un puñal en la espalda.
Aquello solo la hizo sentir que sus sacrificios de los últimos tres años habían sido una burla. Al final, ¡ni siquiera se había ganado una pizca de su confianza!
Miró a los dos, luego echó un vistazo a Zacarías en el suelo y habló con una sonrisa amarga.
—Yo...
Ni siquiera pudo decir "no fui".
Una mujer de aspecto adinerado subió corriendo por las escaleras cercanas y comenzó a insultarla de inmediato.
—¡Renata, qué corazón tan venenoso tienes! ¡¿Cómo pudiste hacerle esto a mi hija?! ¡Verla en este estado tan miserable, casi arruinada por ese hombre, seguro te hace muy feliz!
Era Elena Zapata.
La madre de Ximena.
Renata se quedó sin habla, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra...
Elena levantó la mano y le dio una bofetada.
¡Zas! El sonido fue ensordecedor. Antes de unirse a la familia rica, Elena había pasado por muchas penurias y trabajos pesados en su juventud, así que su golpe fue más fuerte que el de muchos hombres.
Las personas alrededor comenzaron a voltear.
Renata estuvo a punto de caer por el impacto; su mejilla derecha se hinchó de inmediato, viéndose alarmante sobre su tez de porcelana.
En ese momento, se sentía como una prisionera juzgada en la plaza pública...
Elena la señaló con el dedo y gritó:
—¡Renata, una mujer tan perversa como tú debería estar en la cárcel! ¡Miren todos, ella no soporta a su propia cuñada, así que le tendió una trampa para que un hombre se aprovechara de ella!
Al escuchar esas palabras, los presentes fruncieron el ceño y empezaron a murmurar en contra de Renata.
El mesero asintió, sosteniéndola para que se pusiera de pie.
—Claro, yo llamaré a la policía. Pero por ahora no hable, se ve muy mal... Sinceramente, usted no parece el tipo de persona que le tendería una trampa a alguien. ¡Qué gente tan mala, montonearla de esa manera!
¿Verdad?
Incluso un extraño que acababa de conocer se daba cuenta de que ella no era ese tipo de persona.
Pero Enrique, con quien había compartido su vida durante tres años, no le creía. Peor aún, ayudaba a otros a pisotearla.
Renata sintió una profunda desolación.
...
Por otro lado.
En el ascensor.
Elena alcanzó a Enrique y Ximena y entró con ellos.
Quiso aprovechar para decirle un par de cosas al hombre, pero notó que su expresión era terrible.
Miró a su hija con inquietud, quien también le frunció el ceño.
Se quedó perpleja.
—Enrique...
Enrique le lanzó una mirada gélida.
—No debiste golpear a Renata hace un momento.

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