C102-UNA VELA QUE SE APAGA.
Aurora condujo de vuelta a casa, pero sus manos temblaban sobre el volante. Cada semáforo en rojo era una tortura, cada minuto un recordatorio de la verdad que acababa de descubrir.
Al llegar, vio el auto de Angelo ya estacionado, respiró hondo antes de bajar, necesitaba tiempo para procesar todo, pero no lo tendría. Porque la vida seguía su curso implacable, sin importar cuánto te estés rompiendo por dentro.
Entró y el aroma a comida recién hecha la golpeó, en otro momento, esto la habría reconfortado, pero ahora… solo sentía vacío.
—¿Aurora? —la voz de Angelo llegó desde la cocina—. Estamos aquí, amor.
Dejó el bolso en el recibidor y caminó hacia la cocina. Angelo preparaba pasta mientras Angela coloreaba en la mesa.
—¡Mami! —exclamó la niña corriendo a abrazarla—. ¿Dónde estabas? Papá dijo que tenías que hacer algo importante.
Aurora abrazó a su hija, apretándola más fuerte de lo habitual. Ese simple contacto le recordaba todo lo que estaba en juego.
—Solo... tenía que hacer unas cosas —respondió, soltándola suavemente.
Angelo se acercó y le dio un beso en la mejilla, pero se detuvo un momento, mirándola a los ojos.
—¿Estás bien? Pareces...
—Estoy cansada —lo interrumpió—. Ha sido un día largo.
Angelo frunció el ceño, pero no insistió. Conocía a su esposa lo suficiente para saber cuándo darle espacio.
—La cena estará lista en diez minutos —dijo, volviendo a la cocina—. Angela me ha estado ayudando, ¿verdad, princesa?
—¡Sí! Yo puse la sal —respondió la niña con orgullo.
Aurora intentó sonreír y se sentó a la mesa, observando los dibujos de su hija.
—¿Qué estás coloreando?
—Es la abuela conmigo en el jardín —explicó Angela, señalando las figuras—. Para que se mejore pronto.
El estómago de Aurora se contrajo.
La imagen de Adelina, dibujada con crayones de colores brillantes, sostenía la mano de Angela entre flores y un sol sonriente. Una versión inocente de la mujer que había destruido su vida, qué irónico.
—Es... muy bonito —logró decir.
—¿Se lo llevaremos mañana a la mansión, verdad? Prometiste que tomaríamos el té con ella.
Aurora sintió que le faltaba el aire, la idea de enfrentar a Adelina ahora, con todo lo que sabía... se le hacía insoportable.
—Ya veremos, cariño. La abuela necesita descansar.
La cena transcurrió en una niebla para Aurora. Respondía automáticamente, sonreía cuando era necesario, pero su mente estaba en el muelle, reviviendo cada palabra del chófer. Y Angelo, como buen SEAL que era, la miraba de reojo, claramente preocupado.
Después de acostar a Angela, Aurora se refugió en el baño. Abrió el grifo para que el ruido del agua enmascarara cualquier sonido y sacó el sobre de su bolso. Con dedos temblorosos, extrajo los documentos.
La declaración jurada estaba allí, escrita a mano con tinta azul descolorida por el tiempo. Los detalles eran precisos, coincidían con lo que el hombre le había contado. Y luego estaba la transferencia bancaria: una suma considerable, firmada por Adelina Russo, fechada tres días después del accidente.
La prueba era irrefutable y dolorosa.
Aurora guardó todo y salió del baño, y ya Angelo la esperaba sentado al borde de la cama.
—¿Vas a decirme qué está pasando?
Ella guardó silencio un instante y luego se sentó junto a él, manteniendo distancia, y por más que no quisiera las palabras se atoraban en su garganta.
—No es nada —mintió—. Solo estoy preocupada por la abuela.
—Mi amor, te conozco y sé cuándo algo te está comiendo por dentro —insistió él—. No has sido tú misma desde que regresaste…

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