C104-HACE UNOS MINUTOS.
En un rincón apartado de un lujoso restaurante, Jimena golpeó la mesa con el puño; su copa de vino tinto se tambaleó peligrosamente cerca del borde.
—¿Cómo pudiste fallar así? Teníamos todo calculado al milímetro —siseó entre dientes, inclinándose hacia adelante.
Su cabello enmarcaba un rostro que ahora reflejaba pura frustración.
El hombre frente a ella, en lugar de mostrar preocupación, dejó escapar una risa suave mientras cortaba con precisión un trozo de filete. Sus gemelos de platino brillaron cuando movió las manos.
—¿Fallar? Mi querida Jimena, tu definición de fracaso necesita ajustes —respondió con calma—. A veces el camino más largo resulta ser el más seguro.
—¿Seguro? Cualquiera pudo habernos descubierto.
El hombre bebió un sorbo de su vino, saboreándolo antes de responder.
—Pero nadie lo hizo y ahora tenemos algo mucho mejor que lo planeado inicialmente.
Jimena hizo una mueca de disgusto.
—Lo sé, ya tienes el paquete de acciones de Russo, ese que tanto codiciabas.
El hombre sonrió mientras masticaba.
—¿Cómo lo conseguiste? Esas acciones no estaban en el mercado.
—Digamos que los accionistas tienen problemas más urgentes que proteger su dinero. Un divorcio costoso para uno y una investigación sobre sexo con menores para otro pueden hacer maravillas para nuestra causa.
El hombre levantó su copa en un brindis silencioso.
—Perfecto... con eso completamos más del 60 por ciento que necesitamos.
La expresión de Jimena cambió gradualmente y la furia se transformó en satisfacción y una sonrisa.
—Hola, accionista mayoritario —dijo, levantando también su copa—. Parece que te subestimé.
—No sería la primera vez —respondió él, chocando suavemente su copa contra la de ella—. Ni será la última.
El tintineo del cristal resonó entre ellos como un pacto sellado. Mientras afuera, la ciudad brillaba ajena a la transferencia de poder que acababa de ocurrir en aquella mesa privada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Jimena, su mente ya calculando los siguientes movimientos.
—Ahora —dijo él, sacando un puro—, vamos por la joya de la corona.
—¿Y eso es...?
—La presidencia de Russo Enterprise.
Esa misma noche, Aurora llegó al departamento sin saber cómo había conducido hasta allí. Cerró la puerta detrás de sí y se quedó quieta, de pie, con la espalda apoyada en la madera.
Le ardía el pecho, de rabia y también dolor.
Levantó la vista y lo vio.
Angelo estaba en la sala, sin chaqueta, con la camisa arremangada y, al verla, su gesto cambió al instante.
No sonrió, tampoco bromeó, porque estaba seguro de que algo en ella no estaba bien y él lo sintió.

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