C105-¿LO HIZO POR MI CULPA?
Angelo se quedó sentado en la cama con el teléfono aún en la mano, pero no lo miraba, tenía la vista perdida, como si algo se hubiera apagado por dentro.
Adelina no era solo su abuela.
Había sido quien lo levantó cuando su madre murió desangrada al traerlo al mundo. Quien lo sostuvo cuando su padre no soportó la pérdida y se quitó la vida. Quien tomó a dos niños rotos —él y Alan— y los mantuvo de pie cuando todo lo demás se había caído.
Adelina fue su madre cuando no hubo madre.
Fue su casa. Su límite y su único punto firme.
—Voy para allá —dijo al teléfono, con la voz baja—. Sí… ahora mismo.
Colgó despacio.
Y durante unos segundos no se movió, respiró hondo una vez, luego otra, pero nada funcionó.
Detrás de él, las sábanas se movieron; Aurora se giró al escuchar su voz y se incorporó un poco.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Entonces lo vio.
La luz de la lámpara le dio de lleno al rostro y las lágrimas no caían aún, pero estaban ahí, contenidas, brillando en los ojos de Angelo. Y eso hizo que se le cerrara el pecho.
—Es la abuela… —dijo él, y la palabra se le rompió—. Ella… acaba de morir.
El corazón de Aurora latió con fuerza y se quedó quieta un segundo, como si el cuerpo no supiera qué hacer con esa noticia. Sin embargo, se levantó sin pensar, cruzó la cama y lo rodeó con los brazos, fuerte, sin cuidado, sin medir.
Angelo no reaccionó de inmediato.
Luego su cuerpo cedió y apoyó la frente en su hombro, cerrando los ojos.
—Lo siento —susurró ella—. De verdad… lo siento tanto.
Lo apretó más, como si pudiera sostenerlo entero, y cerró los ojos.
Por un momento, todo lo demás desapareció.
Las dudas.
El miedo.
La verdad que la estaba consumiendo.
En ese instante solo existía el dolor de él y el suyo.
Al día siguiente, la mansión estaba llena, solo que esta vez nadie vestía de gala.
Todos vestían de negro.
La mansión Russo recibía a familiares y amigos que hablaban en voz baja, dejando flores, tocando el ataúd con cuidado. Frente al féretro, Aurora y Angelo permanecían juntos. Ella lo sostenía por la espalda y él tenía la cabeza hundida en su hombro, sin fuerzas para sostenerse solo.
A unos metros, sentados en dos sillas grandes, William y Angela balanceaban las piernas.
—La abuela ya no va a venir a jugar —dijo la chiquilla, llena de tristeza—. Me hacía té con miel.

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