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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 106

C106-AMOR CONTAMINADO.

El entierro había sido rápido, tal como Adelina lo había pedido.

Sin discursos largos.

Sin escenas.

Solo lo justo.

Y ahora, con el peso del día aún encima, Angelo, Aurora y Angela regresaban a la mansión. El abogado les había pedido reunirse en el estudio para acordar la fecha de la lectura del testamento.

Lo que una vez fue un ambiente de alegría, ahora se sentía pesado.

Aurora sostenía la mano de Angelo, no la soltaba, pero tampoco estaba ahí del todo. En su cabeza todo se mezclaba sin orden. En pocas horas había pasado demasiado. La verdad sobre la muerte de sus padres, la muerte de la mujer que la crió, la culpa clavándosele en el pecho como algo que no sabía cómo sacar.

Y, por encima de todo, la pregunta que la estaba devorando: ¿cómo decirle a Angelo que ella había sido lo último que Adelina escuchó antes de morir?, ¿cómo decirle que, sin querer, se había convertido en aquello que más había odiado de ella?

Respiró hondo.

Afuera, en la escalera principal, Jimena bajaba despacio cuando escuchó a dos empleadas murmurar.

—La señora no haría eso —decía una—. Era fuerte.

—Pero después de la visita de la señora Aurora… —respondió la otra, bajando la voz.

—¡Calla! ¿Estás diciendo que fue culpa de la señora Aurora? No puede ser… la anciana la quería como a una hija.

Jimena se detuvo.

Su mente unió las piezas con rapidez y, al entender, sus labios se curvaron.

«Así que discutiste con la vieja… —pensó—. Vaya, vaya… ¿qué hiciste, Aurora?, ¿qué hiciste?»

Con esa idea ardiéndole por dentro, entró al estudio, no sin antes adoptar su gesto de pena: ojos húmedos y voz baja.

Al verla, el abogado aclaró la garganta.

—Bien, creo que ya estamos todos… —dijo, acomodándose las gafas—. Como saben, Adelina era una mujer muy…

—Disculpe —interrumpió Jimena, y todas las miradas fueron hacia ella—. Sé que este no es el momento —dijo, llevándose una mano al pecho—, pero estoy consternada. Adelina era un pilar para mí y para mi hijo. Y antes de continuar… hay algo que necesito saber.

Giró la cabeza despacio hacia Aurora.

—¿Qué pasó entre tú y la abuela anoche? —preguntó—. ¿Qué le dijiste? Porque, antes de hacer lo que hizo… tú fuiste la única que estuvo con ella.

El silencio cayó como un golpe y Aurora sintió que el piso se le iba; Angelo, a su lado, giró hacia ella, confundido.

—Amor… —dijo—. ¿Tú… estuviste aquí con la abuela?

Ella apretó la mano de él, con el corazón golpeándole con fuerza. Todo estaba encima. El miedo, la culpa, la verdad.

Pero no iba a mentir, así que tragó saliva antes de confesar.

—Sí —admitió, mirándolo—. Estuve con la abuela antes de que muriera.

La palabra quedó flotando en el aire.

El abogado bajó la vista, Jimena sostuvo la respiración, esperando, y Angelo no dijo nada, solo la miró, como si intentara entender algo que no encajaba todavía.

—¿Y qué le dijiste? —insistió Jimena, vibrando por dentro de satisfacción—. ¿Qué pasó entre ustedes? Porque la abuela… ella no haría algo así sin razón.

Aurora no respondió, el nudo en la garganta no la dejaba. Entonces Angelo dio un paso al frente, mirando a Jimena, y su voz fue baja y firme.

—Ten cuidado con lo que insinúas. La abuela amaba a Aurora. La quiso más de lo que tú jamás entenderías, así que mide tus palabras.

Ella apretó los labios; el golpe la había alcanzado, así que se calló, humillada, pero con la rabia ardiéndole por dentro.

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