C108-TE LO ADVIERTO.
Angelo miró a Jimena como si acabara de entrar una serpiente en su oficina. Su rostro pasó de la sorpresa a la frialdad en segundos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, cortante, cerrando de golpe la carpeta sobre su escritorio.
Jimena fingió no notar su tono; se acercó con pasos medidos, con el rostro vuelto una perfecta máscara de preocupación.
—Vine por unos documentos importantes para la reunión del lunes —explicó—. Vi tu auto en el estacionamiento y pensé que no deberías estar solo en un momento así.
Angelo no respondió, sus ojos siguieron cada movimiento de Jimena mientras ella entraba y cerraba la puerta tras de sí. Ahora la conocía demasiado bien como para creer en sus buenas intenciones.
—Adelina era una mujer extraordinaria —continuó Jimena, acercándose al escritorio—. Una verdadera matriarca, y sé cuánto la amabas, Angelo. Era como una madre para ti.
Sus palabras sonaban ensayadas, pero sus ojos mostraban algo más profundo. Ella rodeó el escritorio lentamente, como un depredador acechando.
—Te extraño, ¿sabes? —su voz bajó a un susurro mientras se acercaba—. Extraño a mi cuñado, nuestras conversaciones, esos momentos que compartíamos antes de que…
No terminó la frase, pero la implicación era clara. Antes de que Aurora regresara.
Angelo permaneció inmóvil mientras Jimena se acercaba más. Su rostro mostraba una melancolía que, por primera vez, parecía genuina. Pero cuando ella extendió la mano para tocar su cabello, Angelo reaccionó como un resorte.
Le sujetó la muñeca con fuerza, deteniéndola en el aire, y Jimena abrió los ojos sorprendida.
Él se puso de pie sin soltarla y dio un paso hacia ella, obligándola a retroceder.
—Angelo... me duele... me estás lastimando.
Él no aflojó su agarre; en cambio, dio otro paso, y ella retrocedió hasta quedar contra la pared.
—Sé lo que intentaste hacer ayer —sentenció—. Sé que dijiste esa m****a de Aurora deliberadamente.
La sorpresa en el rostro de Jimena confirmó sus sospechas.
—Pero te lo advierto —continuó, mirándola como si fuera su peor enemigo—: acércate a Aurora o a mí con otra de tus insinuaciones venenosas, y te arrepentirás, ¿entiendes? No creas que me trago el cuento de cuñada preocupada, Jimena. Sé muy bien cuáles son tus intenciones.
Jimena cambió de estrategia en un instante y usó su mejor máscara de dolor y lágrimas.
—¿Cómo puedes decirme eso? —sollozó—. Solo quería apoyarte en este momento difícil. Has cambiado tanto desde que Aurora regresó. Ella te ha puesto en contra de tu propia familia.
Angelo soltó su muñeca como si quemara; luego la tomó del brazo y la condujo hacia la puerta con pasos firmes.
—Error, Jimena. Aurora es mi familia —dijo con voz helada—. Mi esposa. Y la única persona en quien confío completamente. Y si tengo que elegir entre ella y cualquier otra persona en este mundo, incluyéndote a ti, la elegiré a ella. Siempre.
Abrió la puerta de un tirón y la empujó hacia el pasillo.
—No vuelvas a mi oficina y, si descubro que sigues hablando veneno en contra de Aurora, te destruiré, Jimena. Lo juro por la memoria de mi abuela.
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