C109-PROMESA DE SEAL.
Los días siguientes se convirtieron en una danza de ausencias. Angelo y Aurora comenzaron a vivir en coreografías evasivas, como dos fantasmas que compartían el mismo espacio sin tocarse.
Él se levantaba antes del amanecer, cuando la oscuridad aún dominaba el apartamento. Preparaba café en silencio, dejando una taza lista para ella en la encimera, aún caliente cuando Aurora despertaba. Iba a la empresa y luego se encerraba en el estudio.
Mientras tanto, Aurora deambulaba por el departamento como un espectro. Tocaba los objetos que él había tocado, pasaba los dedos por los libros que él leía, buscando alguna conexión con el hombre que ahora parecía un extraño.
Una tarde, buscando una sudadera para el frío repentino, abrió el cajón de Angelo. El aroma a su colonia la golpeó con tal fuerza que tuvo que apoyarse en la cómoda para no caer. Y, como un reflejo condicionado, tomó una de sus camisas y enterró la nariz en ella, respirando hondo.
Un sollozo se le escapó sin poder contenerlo.
Lo extrañaba.
Lo extrañaba en la cama vacía, en el silencio a la hora de la cena, en la ausencia de su risa cuando veían películas juntos. Lo extrañaba en cada rincón de ese apartamento que habían construido como un hogar.
Pero no sabía qué hacer…
¿Olvidar? O… ¿seguir aferrada al pasado?
Una mañana, durante el desayuno, Angela los miró a ambos. Era solo una niña, pero podía ver que sus padres no eran los mismos.
—Mami, ¿papi ya no te da los buenos días con un beso? —preguntó, mordisqueando su tostada.
Aurora se atragantó con el jugo.
Y Angelo, desde el otro extremo de la mesa, levantó la vista del periódico. Sus miradas se encontraron por primera vez en días.
—Princesa... tu mamá y yo —dijo él suavemente, dirigiéndose a su hija pero mirando a Aurora— nos estamos dando un poco de espacio para pensar. Pero el cariño está ahí, siempre.
Esa mirada, esa explicación que la protegía incluso frente a su hija, le rompió algo por dentro a Aurora.
Angela dejó su tostada en el plato y miró a su padre con ojos grandes y preocupados.
—No quiero que te vayas otra vez, papi —dijo con voz pequeña y nerviosa—. Antes todo era triste…
Angelo palideció y Aurora sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—No me voy a ninguna parte, princesa —respondió Angelo, acercándose para abrazar a su hija—. Te lo prometo. Nunca me iré, ¿vale?
—¿Promesa de SEAL? —inquirió Angela, tendiéndole su meñique.
—Promesa de SEAL, mi amor —respondió Angelo, cruzando el suyo con el de ella.
Después del desayuno, Angelo se marchó a la oficina y Angela fue a su cuarto a prepararse para la escuela. Aurora se quedó sola en la cocina, con las palabras de su hija resonando en su cabeza.
Más tarde, Aurora entró en su habitación y se dejó caer en la cama.
El lado de Angelo permanecía intacto, como si nadie hubiera dormido allí en semanas, y ella pasó la mano por la almohada, recordando cómo solía despertarse con su rostro a centímetros del suyo.
También estaba el hecho de que Angela adoraba a su padre. Después de años sin él, finalmente tenían la familia que su hija siempre había soñado.
Y luego estaba Angelo.
Lo amaba.
A pesar de todo, a pesar del apellido Russo, a pesar de la sangre de Adelina corriendo por sus venas, lo amaba con una intensidad que la asustaba. Lo extrañaba en cada respiración, en cada latido. Extrañaba sus brazos rodeándola en la noche, su voz susurrando en su oído, la seguridad que sentía a su lado.
Cerró los ojos y se permitió recordar cómo era antes de que todo se derrumbara, y la pregunta flotó por sí sola:



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