C113-LISTA PARA INTENTARLO.
Tres días habían pasado desde la lectura del testamento, y la casa seguía siendo un campo minado de silencios. Aurora y Angelo vivían como extraños bajo el mismo techo: ella trabajando desde su cuarto con la puerta cerrada, él saliendo antes de que saliera el sol y regresando cuando la noche ya se había instalado.
Se cruzaban en los pasillos como fantasmas educados, murmurando “buenos días” o “¿todo bien?” sin esperar respuesta real.
Pero ese martes por la mañana, algo se rompió dentro de ella, o… tal vez se recompuso.
Decidió cocinar.
No cualquier cosa: haría un almuerzo de verdad.
Risotto de hongos con un toque de trufa que sabía que a Angelo le volvía loco, ensalada fresca y pan casero que había empezado a amasar la noche anterior cuando no podía dormir. Puso música suave en la cocina y se movió con determinación, como si las manos ocupadas pudieran acallar el ruido en su cabeza.
Mientras picaba cebolla y ajo, por un segundo, cerró los ojos y el recuerdo de Angelo entrando por la puerta trasera después del trabajo, quitándose la chaqueta, abrazándola por detrás mientras ella removía algo en la olla, besándole el cuello.
Aurora se apoyó en la encimera con el cuchillo quieto en la mano.
Lo extrañaba.
Dios, lo extrañaba tanto que dolía en el pecho como un moretón viejo que se niega a sanar.
Luego pensó en la abuela, en que… Angelo era el nieto de esa mujer. Sangre de su sangre, y ella se había aferrado a esa conexión como excusa para mantenerlo lejos: “¿Cómo puedo amar al hijo de la persona que destruyó mi vida?”
Pero la verdad era más simple y más devastadora: Angelo no sabía nada. Nunca había sabido. No era culpable, era tan víctima como ella.
Y ella lo amaba.
Lo amaba con una intensidad que la asustaba, porque significaba que tenía que soltar el rencor o perderlo para siempre.
Además… maldita sea, también lo necesitaba.
Físicamente. Urgente. Porque los sueños húmedos la habían estado torturando las últimas noches: él encima de ella en la cama, sus manos recorriéndole la espalda, su boca en su cuello, susurrándole cosas sucias mientras la hacía arquearse. Despertaba empapada, jadeando, con las sábanas enredadas y una frustración que ninguna ducha fría resolvía.
Y luego estaba Ángela.
Su hija.
Esa niña que preguntaba por papá con esa vocecita que rompía corazones, que corría hacia la puerta cada vez que oía el auto y se decepcionaba cuando solo era el repartidor. Ángela merecía un hogar de verdad, no esta casa dividida en zonas de guerra fría. Merecía ver a sus padres besarse en la cocina, reír juntos, dormir abrazados, merecía que Aurora dejara de ser una cobarde.


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