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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 114

C114- TE EXTRAÑÉ

La voz de Angelo en el teléfono fue un bálsamo instantáneo a pesar del pánico:

—Estoy a quince minutos de la escuela. Voy directo, nos vemos allí.

Aurora colgó y salió corriendo, dejando atrás el risotto humeante y las ventanas abiertas. El viaje hasta la escuela fue un borrón de semáforos en rojo que atravesó sin ver, con las manos aferradas al volante como si fuera un salvavidas.

Solo un pensamiento latía en su mente: Angela, Angela, Angela.

Cuando llegó al estacionamiento de la escuela, ya vio el auto de Angelo estacionado torpemente junto a la entrada principal. Corrió hacia la oficina, donde los encontró: Angelo arrodillado frente a la pequeña silla donde Angela estaba sentada, pálida como la cera, con la cabeza recostada en su hombro mientras la enfermera le tomaba la temperatura.

—Mamá —murmuró Angela al verla, y extendió una mano temblorosa.

Aurora se abalanzó hacia ella, tomando su carita entre las manos.

—Mi amor, ¿dónde te duele?

—Aquí —dijo la niña, señalando su costado derecho bajo—. Mucho.

Angelo miró a Aurora y, en sus ojos, vio el mismo terror reflejado y, sin discutir, sin vacilar, actuaron como un equipo. Él cargó a Angela en brazos mientras Aurora recogía la mochila y la chaqueta y, en menos de dos minutos, estaban en el auto de él, rumbo al hospital más cercano.

En la sala de urgencias, el tiempo se distorsionó.

Formularios, preguntas, una camilla blanca donde Angela gemía suavemente mientras Aurora sostenía la mano de su hija y le acariciaba el pelo. Angelo, por su parte, hablaba con los médicos, pidiendo explicaciones y asegurándose de que la atendieran rápido.

Fue él quien, después de que confirmaran la apendicitis y programaran la cirugía de emergencia, se acercó a Aurora en la sala de espera. Ella estaba temblando, de pie junto a la ventana, mirando sin ver el estacionamiento iluminado por farolas.

—Aurora.

Ella se volvió, y las lágrimas que había estado conteniendo desde la llamada empezaron a caer silenciosamente.

—Va a estar bien —murmuró él, y entonces, como si un muro invisible hubiera caído, la rodeó con sus brazos.

Aurora se derrumbó contra su pecho, sollozando, aferrándose a su camisa.

—Tengo miedo —confesó, con la voz ahogada—. Tengo tanto miedo.

—Yo también —admitió él, y su abrazo se apretó—. Pero está en las mejores manos.

Pasaron horas.

Juntos.

Sentados uno al lado del otro, compartiendo un café insípido de la máquina, mirando la puerta del quirófano, y en algún momento, Aurora apoyó la cabeza en el hombro de Angelo y él no se movió.

Al contrario, inclinó su cabeza sobre la de ella.

—Estaba preparando risotto —dijo ella de repente. Cerró los ojos, una sonrisa pequeña y temblorosa asomando entre las lágrimas secas—. Pero se quemó.

Angelo sonrió.

—No importa —su mano encontró la de ella, entrelazando los dedos con una familiaridad que hizo que el corazón de Aurora diera un vuelco—. Importaba que lo intentaras.

Ella levantó la vista para mirarlo, realmente mirarlo, y el cansancio en sus ojos, la sombra de barba, la preocupación profunda y también un destello de la conexión que siempre había estado allí, enterrada bajo capas de silencio y dolor, la hizo recapacitar.

—Angelo… —empezó a decir, pero en ese momento la puerta se abrió y el cirujano salió. Era un hombre de mediana edad con gafas.

Los dos se levantaron al unísono, aún unidos por los dedos.

—Señores Russo, todo salió perfectamente. Fue una apendicitis aguda, pero no hubo complicaciones. La extracción fue limpia y rápida, Angela es una valiente.

Un suspiro, profundo y tembloroso, escapó de los labios de Aurora al mismo tiempo que los hombros de Angelo, que habían estado tensos como cuerdas, se derrumbaban.

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