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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 130

C130 –HOMBRE... MALO

La luz del atardecer se colaba débil por las cortinas entreabiertas, tiñendo de naranja el rostro pálido de William, quien seguía acurrucado en el sillón, con la manta hasta la barbilla y los ojos clavados en la pared como si allí estuviera escrita la explicación de todo.

Rachel dejó la taza de chocolate caliente sobre la mesita y se sentó despacio a su lado, cuidando de no rozarlo demasiado.

—¿Cómo te llamas, cariño? —preguntó otra vez con voz suave.

Pero solo se escuchó silencio y el tic-tac lejano del reloj de pared.

Rachel respiró hondo.

—¿Tienes hambre todavía? Puedo calentarte más sopa.

William giró la cabeza muy despacio y la miró. Por primera vez sus ojos parecieron enfocarse de verdad; los labios le temblaron tanto que pareció que se le iban a partir.

—Hombre… malo —susurró.

Rachel ladeó la cabeza.

—¿Hombre malo? —repitió despacio—. ¿Quieres decir… que huías de un hombre malo?

El niño asintió una sola vez y las lágrimas le resbalaron por las mejillas sin que hiciera ruido.

No sollozaba. Solo caían.

Aaron apareció secándose las manos con un trapo de cocina; su cara estaba tensa.

—Rachel, en serio. Esto ya pasó de castaño oscuro, amor. El niño apareció en medio de la nada, arañado hasta los huesos, con la ropa hecha jirones y sin decir casi nada. Es nuestra obligación legal y moral llevarlo a la policía ahora mismo.

Rachel no apartó la vista de William.

—No —dijo firme—. ¿Y si lo que vio es tan horrible que denunciarlo lo pone en peor peligro? Alguien lo persiguió, alguien lo dejó tirado. Necesitamos a alguien que sepa navegar estas aguas sin que el niño termine en un sistema que lo trague. —Miró a su marido—. Por eso voy a llamar a Kate.

Sacó el teléfono del bolsillo trasero del jean, buscó el contacto, pulsó llamar y, mientras esperaba el tono, acarició apenas el pelo revuelto de William. Él no se apartó; solo cerró los ojos, extrañando a su madre.

Porque ella solía hacerlo.

En otra parte, Logan apoyaba un hombro contra la puerta abierta de su Mercedes negro, mientras el motor de la grúa rugía y el brazo hidráulico aplastaba lo que quedaba del sedán de Jimena. En cuestión de segundos, el auto se convirtió en un cubo compacto en menos de tres minutos.

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